Isaías 42,1-4.6-7   —   Hechos de los Apóstoles 10,34-38   —   Mateo 3,13-17
 
Antes de que nuestra mentalidad latina organizara más a su gusto las celebraciones litúrgicas, la “Epifanía” o manifestación del Señor, como todavía se llama la Navidad en algunas iglesias orientales, hacía referencia a cuatro momentos iniciales de la vida de Jesús en los que éste apareció, “se manifestó” como “Emanuel”, Dios con nosotros, y como “Mesías”, Ungido por Dios: el nacimiento en Belén, la adoración de los magos, el bautismo, y también las bodas de Caná sobre las que Juan dice: “Así, en Caná de Galilea, Jesús comenzó sus signos y manifestó su gloria”. De esa época queda el que en nuestra iglesia latina la celebración del Bautismo de Jesús señale el final del ciclo navideño. Y el que podamos observar ese bautismo bajo una doble perspectiva.
El bautismo de Jesús de Nazaret es en primer lugar consecuencia lógica de la encarnación. Jesús nació judío hace dos mil años. Vivió en una familia creyente y piadosa. Los evangelios hacen notar que tanto Pedro como Jesús hablaban con acento galileo. Porque siguió las costumbres de los suyos San Lucas nos presenta la historia de su peregrinación a Jerusalén. Y no cabe duda de que Jesús, habiendo escuchado la predicación de Juan pidió ser bautizado. Y así esta celebración del Bautismo de Jesús nos invita a contemplar ese misterio tan desconcertante e ilógico que es la encarnación y a unirnos, al concluir la Navidad, a los pastores, los magos y los judíos que tras algunos años seguirían a Jesús en su camino definitivo hacia Jerusalén.
Pero esa misma encarnación manifiesta que “Dios está con nosotros”, que Jesús de Nazaret es “Emanuel”. Acompañar a Jesús durante tres años no bastó para que los discípulos lo comprendieran. Hizo falta la muerte y resurrección para que lo aceptaran y comenzaran poco a poco a sacar algunas consecuencias. De hecho también nosotros estamos todavía intentando comprender y vivir todas las implicaciones de ese “Emanuel”, Dios con nosotros. Pero es cierto que echando la vista atrás los discípulos comprendieron lo extraordinario de sus tres años de vivencia con Jesús, y cómo se había ido manifestando: el bautismo, Caná, la trasfiguración, la manera en que había aceptado su muerte… solo se podían aceptar sabiendo que Jesús era “Emanuel”, Dios con nosotros. Y es normal que haya bastante confusión cuando esos discípulos tratan de transmitirnos lo ocurrido. Porque lo que nos están diciendo es que el bautismo fue para Jesús un momento fuerte de su propia concientización. Y que también lo fue para quienes le rodeaban: La voz que un evangelio sólo escucha Jesús y en otros los presentes la sienten como un estruendo; el cielo abierto; el Espíritu; “Este es mi Hijo…
Personalmente y en este momento particular de mi vida, al celebrar el bautismo de Jesús me siento llamado ante todo a quedarme a su lado en silencio, aceptando sin comprender su vivencia única y personal como “Emanuel”. Porque sé que sólo estando a su lado, por una especie de ósmosis, él me ayudará a aceptar sin comprender que también yo, y cada uno de nosotros, somos “Emanuel”, Dios con nosotros.

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