Levítico 13,1-2.45-46   —   1 Corintios 10,31 – 11,1   —   Marcos 1,40-45 

Marcos escribió su evangelio para cristianos de origen pagano, que sabían muy poco de costumbres judías. Pero aun esos cristianos, al escuchar el relato de hoy, tuvieron que captar que, desde el punto de vista del Antiguo Testamento, Jesús había sido claramente un “transgresor”, que se hizo impuro al tocar al leproso que pedía ser curado. El que la Ley está al servicio del hombre y que Jesús nos ha liberado del miedo a la Ley, fue un punto central en la controversia que casi destruyó a la primera comunidad cristiana cuando la Buena Noticia llegó a los no judíos. En su carta a los Gálatas, Pablo, el mayor defensor de nuestra libertad, se emplea fondo con su argumentación: “El Mesías nos rescató de la maldición de la Ley, haciéndose por nosotros un maldito, pues dice la Escritura: ´´Maldito todo el que cuelga de un palo´´”. Así es que cuando leo el evangelio de este domingo, lo primero que me viene a la mente es la libertad que muestra Jesús cuando ayuda o defiende a la gente, en especial a los condenados a vivir como marginales. Ahora bien: esa libertad que Jesús también quiere para nosotros, ¿estamos dispuestos a asumirla? ¿No es acaso verdad que nos da miedo porque hace que seamos responsables de nuestras acciones, sin que podamos justificar nuestro miedo y cobardía apelando a leyes y tradiciones?

Este año, sin embargo, las palabras que Emmanuel Carrère atribuye en su libro “El Reino” a Jean Vanier, de la Comunidad del Arca, me han ayudado a descubrir otro punto importante en el gesto de Jesús con el leproso: “Los seguidores de Vanier cuidan de sus enfermos las veinticuatro horas del día, no pueden razonar con ellos y saben que nunca los van a curar. «Pero [son las palabras de Vanier] puedes tocarle. Puedes lavarle el cuerpo. Es lo que Jesús nos enseñó a hacer el Jueves Santo». Continua Vanier relatando el caso de Eric, su primer enfermo: «A Eric no le curará que le toquen y que le laven, pero no hay nada más importante para él y para quien lo hace. Para quien lo hace: es el gran secreto del Evangelio». Y esto es precisamente lo que leemos en el Evangelio de este domingo: “Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó”. 

Cierto que cada región, país o continente tiene sus “gentes del Sur”, soleadas y exuberantes, y sus “gentes del Norte”, tranquilas e íntimas. No se abrazan ni saludan todos de la misma manera. Jesús,-conviene recordarlo a menudo-, fue un mediterráneo. No es necesario que imitemos su acento galileo, su manera de vestir o sus gestos concretos. Pero sí que deben inspirarnos. Jesús “Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó”. ¿Y nosotros?

El saludo con las manos durante la misa, debiera atravesar simbólicamente los muros de nuestras fortalezas individuales, en las que a menudo vivimos como presos. Con ese contacto físico, nuestra comunión y nuestra comunidad se harían materialmente reales y visibles. ¿Es eso lo que sucede? No lo creo. Y sin embargo ha ocurrido que me he encontrado durante mis paseos con personas que estaban a mi lado en la iglesia, y entonces sí, los labios han sonreído espontáneamente. ¡Y no digamos si el encuentro ha tenido lugar a la hora del aperitivo!
Es lo que Jesús nos enseñó a hacer el Jueves Santo” dijo Jean Vanier. En su relato del Jueves Santo, Juan cuenta lo que según él es importante, el lavado de los pies, pero no menciona en absoluto la Eucaristía, la “misa”. En el relato de este domingo, Jesús se muestra muy respetuoso con el culto y con la Ley (¡después de haberla infringido!), “Ve a presentarte al sacerdote…”. Pero en realidad, lo más importante ya ha tenido lugar cuando “Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó”
Queremos revivir el espíritu de comunión, que debiera ser el signo visible de nuestras comunidades cristianas. Nos olvidamos de que hay que hacerlo ante todo ‘antes’ y ‘fuera’ de la misa.
Ramón Echeverría, mafr

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