Eclesiástico 15,16-21   —   1 Corintios 2,6-10   —   Mateo 5,17-37
 
Ya me ha ocurrido alguna vez que una persona ha venido a pedirme consejo… esperando en el fondo que yo aprobase su comportamiento legalmente dudoso. Ejemplo: ” Estoy divorciado y me he vuelto a casar por lo civil. ¿Está Usted de acuerdo en que reciba la Eucaristía?” Según las enseñanzas del papa Juan-Pablo II, debería haber respondido ‘no’. Pero según algunas intervenciones y textos del papa Francisco, yo no debería decir, según algunos comentaristas, ni sí, ni no, ni su contrario… Aquí nos encontramos ante la misma cuestión que estuvo a punto de dividir y destruir a la primera comunidad cristiana: ¿Cuál debe ser nuestra actitud hacia la Ley inspirada por Dios y transmitida por la tradición y por nuestros líderes?
Esa fue una de las principales preocupaciones de las comunidades para las que Mateo escribió su evangelio y Pablo sus cartas. Su posición al respecto parece evidente cuando tenemos en cuenta el conjunto de sus escritos y en especial el testimonio de vida de Pablo. De hecho bajo la influencia de ambos las primeras comunidades cristianas abandonaron gradualmente la práctica de la Ley. Pero esa misma posición es mucho menos clara si entramos en el detalle de sus argumentos. Mateo, por ejemplo, hace decir a Jesús: “No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: yo no he venido a abolir sino a dar plenitud”. Y sin embargo cuando componía su evangelio ya una buena parte de la comunidad había abandonado la ley, por lo menos en dos puntos que habían sido siempre esenciales, la circuncisión y los alimentos impuros. Por su parte Pablo nos impresiona cuando trata de demostrar ante los cristianos de Roma el valor histórico y pedagógico de la Ley… ¡que él mismo ya había abandonado!
La Ley, cualquier ley, sirve a menudo para justificar a los detentores del poder, pero también para dar seguridad a quienes la obedecen. No sorprende pues el que los cristianos, en varias ocasiones, hayan querido recuperar la ley, tener su Ley. Es cierto que en la correspondencia de Pablo encontramos un versículo en el que dice que él vive “bajo la ley de Cristo”. Y también un versículo de Santiago habla de la “Ley perfecta, la de los hombres libres”.  ¿Es sin embargo suficiente para que situemos en el centro de nuestra vida cristiana una “Nueva Ley” radicalmente diferente de la del Antiguo Testamento? Queriendo seguir siendo a pesar de todo herederos de San Pablo y para evitar que esa “Nueva Ley” no ocupe el lugar de Cristo, los defensores de la Ley admiten que hay que considerarla como una especie de indicador. Pero un indicador que hay que interpretar bajo la dirección de la Iglesia. También nos dicen que ante la Ley, la conciencia personal sigue siendo primordial… con tal de que esté bien formada e instruida…
No hace falta que entremos en ese debate. Nos es más provechoso releer el Evangelio de Mateo y observar el ejemplo de Pablo… A menos que tengamos miedo de lo que nos podamos encontrar al hacerlo.
“Habéis oído que se dijo… Pero yo os digo”.Seis veces emplea Jesús esta fórmula en el sermón de la Montaña que estamos leyendo desde hace dos domingos. Para Mateo parece obvio: Olvidad lo que prescribía la Ley y lo que se os ha dicho. Y escuchad lo que Jesús os dice hoy, aquí y ahora. Escuchadlo, aunque sea mucho más exigente que todas vuestras leyes: Ve a reconciliarte con tu hermano antes de ir a misa. Tienes que respetar a los demás, -las mujeres en el texto de Mateo-, hasta en lo más secreto de tu corazón. No seas como los buenos abogados romanos que siempre podían encontrar para favorecerte la excepción que confirmaría la regla…
San Pablo va aún más lejos. Jesús vino a él y Pablo comprendió que a pesar de todos sus esfuerzos, todo su ardor, toda su meticulosa obediencia a la Ley, nunca sería capaz de responder a la llamada de Dios para ser su hijo. Sólo su “fe” en Jesús, fe que el judío Chouraki traduce como “adherencia” a Jesús, y que a mí me gusta llamarla “comunión íntima” de Jesús con nosotros, sólo esa “fe” puede hacernos capaces de responder a tal llamada. Aceptar humildemente ese don, hacer de él el motor de nuestra existencia, dejarse conducir por Jesús en cada instante, dejar que su comunión con nosotros inspire todo lo que hacemos… Ese es el ejemplo que nos deja San Pablo. Y si habéis intentado imitarle os habréis dado cuenta de que es mucho más exigente que todas las leyes juntas.
Es eso lo que le lleva a San Agustín a escribir en su comentario al Evangelio de Juan: “Ama y haz lo que quieras”. ¿Y a nosotros a dónde nos lleva? “Habéis oído que se dijo… Pero yo os digo” dice hoy Jesús a quienes acepten vivir en comunión con él. ¿Estamos dispuestos a responder “sí” con humildad, con mucha humildad?
Ramón Echeverría, mafr

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