Jeremías 31, 31-34   —   Hebreos, 5,7-9—   Juan 12, 20-33

 “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre”. A veces me siento incómodo cuando tengo que comentar sobre el evangelio según San Juan. Es demasiado rico en símbolos, en temas que se entrelazan, en distintos estratos de significado. ¡Y además me cuestiona!

“La hora”. Siete veces aparece esta palabra en el evangelio de Juan (dos veces hoy), comenzando en Caná, cuando Jesús dijo a su madre: “aún no ha llegado mi hora”. Para Jesús, la hora de su glorificación es la hora de su muerte, cuando ésta no podrá retenerlo porque él ya lo ha dado todo previamente. Para nosotros, dos milenios más tarde, la hora es también un punto de inflexión en el plan de Dios para la humanidad, que incluye un ‘antes’ y un ‘después’.

Incluso si él no consigue vivir todas las consecuencias de la ‘revolución’, del cambio de paradigmas inaugurado por Jesús, Pablo es quien mejor identifica esta realidad. Ahora, –escribe a los Gálatas–, “no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gal. 3,28). Al escribir y reflexionar sobre la vida de Jesús, los evangelios dicen que ya en los caminos de Galilea y de Judea Jesús había vivido y propuesto ese ideal. “Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe”, dice Jesús en el evangelio de Lucas sobre el centurión extranjero (Lucas 7,9). “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”, hace decir Juan a Jesús este domingo, como conclusión al encuentro con los griegos.

Discípulos de Jesús, ¿cómo estamos viviendo su “revolución”? En su carta a Filemón, Pablo le pide tratar a su esclavo, Onésimo, como él trataría a Pablo mismo. Magnífico gesto. Pero hemos necesitado 19 siglos para que llegáramos a la conclusión de que la institución de la esclavitud era incompatible con el cristianismo. Según Lucas, varias mujeres acompañaron a Jesús durante sus viajes. Y según Mateo Jesús resucitado se apareció primero a “María Magdalena y la otra María”, y las envió a anunciar la noticia a los otros discípulos. Y sin embargo Pablo pidió a las mujeres que se callaran en las reuniones, porque tal era la tradición, y las mujeres siguen siendo hoy ciudadanas de segunda clase en nuestras iglesias cristianas. “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. “Con tal de que se hagan judíos como nosotros”, pretendían algunos discípulos de la primera generación. Y, a pesar de los argumentos de Pablo y el evangelio de Mateo, que se oponían a que nuestras raíces judías actuaran como una prisión, muchos paganos recientemente convertidos parecían estar de acuerdo y dispuestos a ‘Judaizar’. Algo semejante ha sucedido en nuestros tiempos. En muchos países del sur, la evangelización se ha asociado a una real colonización cultural. Y todavía hoy, a nuestros obispos africanos les encanta vestir la sotana y la mitra, herencia de la Cristiandad medieval. La “hora” de Jesús fue un punto de inflexión en el proyecto de Dios para nuestra humanidad. Pero cuando se trata de nuestra identidad, el “antes” sigue prevaleciendo sobre el “después”. ¿Hasta cuándo?

“Ellos [los gentiles] le rogaban: “Señor, quisiéramos ver a Jesús´´”. Esta es la frase que más ha llamado mi atención meditando el texto de este domingo. Esos gentiles no preguntan cuáles son las horas de oración, cuál es el idioma más apropiado para la liturgia o cómo deben vestir los discípulos. ¡Lo que piden es conocer a Jesús! Y es que nuestra comunión con él es el único elemento esencial de nuestra identidad cristiana. Con consecuencias mucho más exigentes que las que pudieran imponernos las horas de la oración, los dogmas a los que tenemos que adherir o nuestros signos visibles externos. Porque la comunión con Jesús nos empuja a seguir siempre hacia adelante, y a abrirnos a todos. “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”, dice Jesús. Y con él, también nosotros estamos llamados a hacerlo.

Ramón Echeverría, mafr

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