Job 7,1-4.6-7   —   1 Corintios 9,16-19.22-23   —   Marcos 1,29-39 

“Jesús se marchó al descampado y allí se puso a orar”. Un recuerdo de juventud: en Roma, en 1967, solía celebrar la misa cada día con una comunidad de hermanas que vivían en la Pineta Sacchetti. Jóvenes, dirigían una escuela primaria y gestionaban también una pequeña casa para ancianos. Y todavía en su “tiempo libre (?)” seguían estudios universitarios. Una de las hermanas me dijo un día: “¡Qué a gusto me quedo por la tarde, cuando voy a la capilla para la oración, y puedo sentarme y relajarme!” Hace dos mil años, acostumbrado como estaba a la tranquilidad de un pueblo tradicional, Jesús debió sentirse como atrapado en el torbellino de su nueva vida de rabino y curandero itinerante. Esa es al menos es la impresión que tenemos al leer el evangelio de Marcos: “La población entera se agolpaba a la puerta”. Jesús necesitó momentos de descanso, silencio, oración… para que lo urgente no terminara sustituyendo a lo esencial. “Jesús se marchó al descampado y allí se puso a orar”.

 ¿En qué pensaba el evangelista San Marcos cuando decidió que esa parte de la “buena noticia”, “Jesús se marchó al descampado y allí se puso a orar”, era importante para sus lectores? Difícil decirlo. Pero a nosotros, al inicio del tercer milenio, viviendo en un mundo que nos impone ritmos siempre más rápidos, bombardeados por noticias que cambian en cada instante, el ejemplo de Jesús nos propone un ideal muy atractivo: el de un mundo mejor en donde podemos tomarnos un tiempo para descansar, para escucharnos mutuamente, para dejarnos por nuestros deseos de gratuidad, para orar… Un mundo que, dado que Jesús era judío y pensaba “en judío”, podríamos llamar “sabatizado”.

¿Ideal atractivo? Ciertamente. Pero también muy exigente. Y que nos hace pensar en las palabras de Jesús al comienzo de su vida pública, que escuchamos hace dos domingos: “Convertíos y creed la Buena Noticia”. Nos parecieron un tanto extrañas. Porque si la noticia era muy buena, ¿por qué teníamos que convertirnos para creerla?

En realidad, a la mayoría de nuestros contemporáneos ese ideal de una vida y un mundo “sabatizados” no se les aparece como una “buena noticia”, sino como un sueño que todos quisieran pero que es imposible alcanzar. Para realizarlo, nuestra sociedad de consumo tendría que cambiar sus parámetros culturales y económicos, o, utilizando el lenguaje de los evangelios, tendría que “convertirse”. Pero ¿es posible? Individualmente, ¿somos capaces de seguir el ejemplo de Jesús? Él fue un hombre libre, en marcha siempre, orando a menudo, escuchando constantemente al otro… ¿Pero a qué precio? “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero este Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza”, nos dice en el Evangelio de Mateo.

Claro que Jesús era mediterráneo, un tanto exagerado en su expresión. Así es cómo, según San Mateo (¡otro mediterráneo!) él pidió a sus discípulos “No os procuréis oro, plata, ni calderilla para llevarlo en la faja”. Pero San Lucas nos cuenta que caminaban con ellos algunas mujeres “que les ayudaban con sus bienes”. Y sin embargo y a pesar de todas los matices posibles, ¿seguir a Jesús y ‘”sabatizar” nuestra sociedad tendrán que seguir siendo un sueño imposible?

“Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”, dijo Jesús a sus discípulos. Y de hecho, las cartas de San Pablo atestiguan que una de las convicciones fuertes de los primeros cristianos que sólo en una comunidad de fe podemos poner en práctica la Buena Noticia, ser en nuestro mundo un signo y semilla de un mundo mejor y, en nuestro propio caso, hacer que evolucionen las estructuras culturales y económicas de nuestra sociedad de consumo. Nos entristece a veces observar la progresiva desaparición de nuestro cristianismo tradicional de carácter social y cultural. En realidad debiéramos regocijarnos porque están surgiendo y desarrollándose pequeñas comunidades de fe. Son signos de esta nueva humanidad en la que tendremos tiempo unos para otros, y tiempo también para escuchar en el silencio la voz de Dios.

Ramón Echeverría, mafr

 

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