Isaías 58, 7-10   —   1 Corintos 2, 1-5   —   Mateo 5, 13-16
 
Las agencias de publicidad lo saben: una imagen dice más que un largo razonamiento, y atraviesa las barreras culturales mucho más fácilmente que cualquier argumento. Y ahora que la visibilidad del Islam ha puesto de nuevo sobre la mesa la cuestión del laicismo, nuestra respuesta cristiana sigue siendo siempre la de Jesús, imaginativa y llena de significado: Somos en el mundo sal y luz. Sal que realza el sabor de la comida pero que no debe notarse; luz que hace visible la realidad, pero que no debe cegar.
 
Por supuesto nuestros gustos culinarios evolucionan. Todavía hace dos siglos se añadían especias a aquellos alimentos que no se podían conservar bien. Hoy para que olvidemos la falta de gusto de los alimentos cuidamos artificialmente su presentación. Y en cuanto a la luz, ¿no es cierto que en las grandes ciudades la contaminación lumínica nos impide a menudo apreciar la belleza del cielo?
 
Dos observaciones a partir del Evangelio de hoy. En primer lugar, sentimientos de cansancio, aburrimiento, perplejidad, duda, renuncia, capitulación… están ganando terreno entre nuestros contemporáneos. Estos intentan ahogarlos entregándose, cuando pueden, a un frenesí de actividades y placeres sin futuro. Y al hacerlo, sofocan también la Esperanza que los habita, la Vida que se manifiesta en lo más profundo de su ser, el Amor que busca a quien darse para siempre…
 
Para esas personas con las que nos encontramos a diario, estamos llamados a ser sal y luz. En comunión con Jesús de Nazaret, intentaremos que vuelvan a descubrir de nuevo su valía, su dignidad, su esperanza, su futuro. En ese sentido, como misionero en África, a veces más europeo paternalista que predicador del Evangelio de la Cruz, los primeros capítulos de la carta de Pablo a los Corintios, de los que se ha tomado la segunda lectura de este domingo, siempre me han cuestionado. ¿En qué medida mis conocimientos, mis contactos, el dinero procedente de Europa… provocaban complejos de inferioridad entre la gente? ¿Cuántas veces he oído “Tú sí lo puedes hacer porque eres europeo”? ¿En qué medida mi presencia junto a la gente les ayudó a que creyeran en sí mismos y a que se generara en ellos un espíritu cristiano de valentía?
 
“Si la sal se vuelve sosa no sirve más que para tirarla fuera”. No me gusta cuando la gente me dice “La iglesia tiene que adaptarse a los tiempos modernos”. Prefiero insistir en que el cristiano debe siempre renovarse y profundizar su comunión con Jesús de Nazaret, para revivirla mejor en un mundo en constante evolución. Y si la cantidad de sal cristiana disminuye, tal como parece hacerlo en nuestros días, ¡inútil echarle agua para que aumente!
 
En realidad hemos sido “misioneros” sólo en la medida en que hemos reconocido que el único y verdadero misionero es Jesús, cuyo Espíritu nos precede siempre y en todas partes, a menudo para nuestra gran sorpresa, e incluso a veces indignación. Y seremos sal y luz para nuestros conciudadanos sólo si reconocemos que cuando se trata del proyecto de Dios, de un mundo más justo y humano que Dios nos llama a construir, sólo Jesús es Sal y Luz. Nuestro papel es el de vivir en comunión con él.
Ramón Echeverría, mafr

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