Hechos de los Apóstoles 4,8-12   —   1 Juan 3,1-2   —   Juan 10,11-18 

El movimiento ecuménico nació a partir de diversas iniciativas llevadas a cabo entre 1910 y 1920. La iglesia católica se adhirió más tarde, pero Vaticano II contribuyó a que lo hiciera con un enorme entusiasmo. El movimiento se marcó el objetivo de que la Iglesia volviera a ser universal, y se llegara a la unidad. Desde entonces, a pesar de las numerosas colaboraciones entre las iglesias, las divisiones (algunos prefieren hablar de ‘diversidad’) han aumentado, incluso en nuestra Iglesia Católica. Con algo de humor inglés, un artículo en The Economist «se oponía» hace algunos años a la «unidad» buscada por los ecumenistas. Aceptar la diversidad era, según The Economist, mucho más urgente, y puede que mucho más difícil. Evidentemente no son sólo los cristianos y los creyentes los que no consiguen aceptar a los «otros diferentes». Por lo menos entre los cristianos, la diversidad ya no conduce a guerras fratricidas. Lo que no impide que nuestra incapacidad para aceptar al «otro diferente» haya sido un problema recurrente desde los inicios de la comunidad cristiana.

Ya los primeros discípulos discutían entre ellos sobre quién era el primero. Los hijos de Zebedeo querían que un rayo matara a los Samaritanos que no habían querido recibirlos. Y a pesar de su versión idílica de la vida de la comunidad («la multitud de los creyentes tenía un mismo corazón y una misma alma “) San Lucas tiene que admitir unas líneas más adelante, que los judíos cristianos de lengua griega habían reñido con los de lengua aramea… ¡por una cuestión de finanzas!

Más tarde, los escritos del Nuevo Testamento, particularmente los de San Pablo, reaccionarán contra la tendencia de los primeros judíos cristianos a aceptar en la comunidad sólo a aquellos no judíos dispuestos a seguir las costumbres judías. San Lucas, el domingo pasado, consideraba que las lesiones en el cuerpo del Resucitado eran una invitación a abrirnos, con Cristo, a todas las Naciones: “Y en su nombre se predicará la conversión a todos los pueblos”.  Y en el texto de hoy, San Juan, que utiliza a menudo la imagen del Buen Pastor, pone en boca de Jesús “Tengo además otras ovejas que no son de este redil”. Esa es una afirmación que debiera echar abajo todas las barreras de nuestro ecumenismo cristiano hasta hacerlo realmente universal. El Espíritu de Jesús actúa incluso fuera de nuestra comunidad cristiana. No existe una comunidad humana, independientemente de cómo se defina a sí misma, “religiosa, “social”, “política”’ o de otra manera, que pueda encarcelar el Espíritu de Jesús o imponer barreras o condiciones a su acción.

Que Jesús tenga otros rediles parece obvio a quienes, de entre nosotros, han vivido en África del Norte. Algunos matrimonios mixtos en particular han experimentado cómo el Espíritu de Jesús conseguía hacer un solo rebaño sin que hubiera necesidad de eliminar los diferentes rediles. Y no sólo los matrimonios mixtos. Muchos de quienes han tenido la oportunidad, — de hecho el don de Dios–, de compartir su vida y su trabajo con compañeros y amigos musulmanes describen experiencias similares. Su situación, — miembros de una comunidad minoritaria y frágil–, les ha llevado a observar su alrededor con los ojos del Resucitado. Y para Jesús Resucitado, el “otro”, por muy diferente que parezca, y aún si dice ser nuestro enemigo, es siempre bienvenido.

¿Utopía imposible? No, si le dejamos la iniciativa al Resucitado. Ese es al menos el punto de vista de San Lucas, de quien leemos la historia de la primera comunidad en la liturgia del tiempo de Pascua. Si no fuera por Jesús, la nuestra sería una vocación imposible. Con él, dando tres pasos adelante, y luego dos (a veces cuatro) atrás, nos hacemos poco a poco, también nosotros, “resucitados”. Y ahora que la globalización está haciendo desaparecer nuestras viejas sociedades homogéneas y que el “otro diferente” es mi vecino o mi compañero de trabajo… ¡el mundo tiene mucha necesidad de “resucitados”!

Ramón Echeverría, mafr

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