1 Samuel 16,1.6-7.10-13ª   —   Efesios 5,8-14   —   Juan 9,1-41

 

Una vez más una narración estupenda de San Juan, cuyo propósito se puede resumir con dos frases que aparecen al principio y al final del texto: “Mientras estoy en el mundo, yo soy la Luz del mundo”. “Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste”.

 

Todas las culturas utilizan expresiones simbólicas para articular las experiencias más profundas, aquellas que somos incapaces de formular de una manera lógica. Algunas de esas expresiones se encuentran prácticamente en todo el mundo. Así por ejemplo a “te amo con todo mi corazón” le encuentran sentido tanto un chino como un francés o un camerunés. Y sin embargo si pedimos que expongan su significado a cuatro personas, aunque sean de la misma cultura nos darán probablemente cuatro explicaciones más o menos diferentes.

 

Lo mismo sucede con lo que Jesús nos dice hoy, “Yo soy la Luz del mundo”. Todos estamos de acuerdo en que así es, y en que Jesús ha iluminado nuestras vidas. Pero cuando se trata de hablar de ello, cada uno lo hace a su manera: una misma expresión simbólica, “Jesús es nuestra Luz”, presentada de múltiples maneras. Permitid pues que os ofrezca mi interpretación, fruto sin duda de mi propia vivencia personal. Es probable que no se diferencie mucho de las vuestras.

 

Lo podríamos resumir así: por su comunión con nosotros, Jesús hace que observemos al mundo bajo una Luz diferente; que podamos ver y discernir signos precursores de un nuevo mundo más justo y fraterno; que la Esperanza habite nuestros corazones; que a pesar de todo seamos fundamentalmente optimistas. Lo que significa también que nada deba impedirnos seguir hacia adelante; que nuestro pasado, bueno o malo, no deba convertirse en cadenas que nos impiden avanzar. En el relato de este domingo, el ciego ahora ve. Comienza una nueva vida, el futuro está ante él. No tiene importancia quien haya pecado para que él sufra (que era la pregunta de los discípulos) ni tampoco lo que pueda decir la Ley acerca del sábado (la objeción de los fariseos).

 

En realidad Jesús ha convertido al ciego en un “pionero”, con su nueva vida, su nueva visión de la realidad, sus nuevas prioridades y su nueva y asombrosa desenvoltura que le permite enfrentarse a los especialistas de la religión. Un poco para su desgracia, hay que decirlo también. Los fariseos le van a insultar y expulsar: “Empecinado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros? Y lo expulsaron”. Y hasta su propia familia se aparta de él. “Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse”, dirán sus padres a las autoridades. Lo cual nos recuerda el conflicto entre Jesús y su familia en el Evangelio de Marcos: “Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales”. (Marcos 3.21).

 

Llegamos así al momento más bello de esta historia. Enterado de que el ex-ciego ha sido expulsado por las autoridades, el mismo Jesús sale en su busca y suscita su fe. En adelante, tanto en los gozos como en los sufrimientos de su nueva vida, ya no estará sólo, Jesús estará con él.

 

Y dado que escribo estas líneas a partir de mi experiencia personal, confieso que me asusta lo que Jesús dijo a los fariseos y las autoridades. Los fariseos dicen que ‘nosotros vemos’ y su pecado persiste. Y yo le pido a Jesús que me recuerde en cada momento que sin él, sin la fe que en mí suscita cada día, también yo estaría ciego…

 

Ramón Echeverría, mafr

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