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4º domingo de Adviento B

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Samuel 7,1-5.8b-12.14a-16   —   Romanos 16,25-27   —    Lucas 1,26-38

Una relación bastante superficial con Jesús, y hasta puede que la repetición cotidiana, hasta su banalización, de nuestras fórmulas Trinitarias, han creado entre muchos cristianos la engañosa impresión de que conocen a “Dios”, incluso en su versión más difícil de “Padre, Hijo y Espíritu Santo.” Por otro lado los descubrimientos de nuevas galaxias a miles de millones de años luz en un universo en expansión, nos invitan a orar con Gregorio Nacianceno “¡Oh Tú, el más allá de todo!, ¿cómo llamarte con otro nombre?”.   Y a comprender un poco más las dificultades de San Lucas cuando escribía los capítulos sobre la infancia de Jesús, que incluyen el texto de este cuarto domingo de Adviento.

De hecho, a pesar de sus coqueteos con el politeísmo y a pesar también su fe en la presencia de “Dios” en nuestra historia, los creyentes del Antiguo Testamento nunca olvidaron ni perdieron el respeto a la trascendencia absoluta del Señor (¡hasta el punto de no pronunciar nunca su nombre!). Imaginad pues la dificultad de Lucas, cuando quiere transmitirnos su convicción ––que le viene de su propia experiencia, y de la de los primeros discípulos que se la habían transmitido––, que, al encontrar a Jesús de Nazaret, es a “Dios”, al “Otro”, a “El más allá de todo” a quien encontramos. ¿Cómo expresar tal creencia? ¿E incluso cómo pensarla?

Para conseguirlo, Lucas utiliza tradiciones del Antiguo Testamento que se podrían calificar de “poéticas”, “simbólicas” e incluso “míticas”, en realidad las únicas que pueden ayudarnos a decir lo indecible y a pensar lo impensable. En primer lugar, como las de Isaac, Samuel o Sansón (y las de Juan Bautista), la concepción y el nacimiento de Jesús fueron “extraordinarios”. Con noventas años, Sara, futura madre de Isaac, ya no estaba en edad de concebir (lo mismo que Isabel, madre de Juan el Bautista). Según el ángel que se le aparece, la madre de Sansón (no nos dicen su nombre salvo que era la esposa de Manoa) era estéril. Y Ana, madre de Samuel, estaba a punto de perder la esperanza de concebir… En el relato de San Lucas, María acepta el proyecto anunciado por Gabriel antes de convivir con su novio (considerado legalmente su marido) y sin consultarle. Y en segundo lugar “el Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra”. Quienes conocen el Antiguo Testamento —- y los primeros cristianos, todos judíos, lo conocían— piensan enseguida en la sombra de Dios que nos guía (“el Señor caminaba delante, de día en una columna de nubes… de noche en una columna de fuego”, Ex 13,21); que nos protege (“Guárdame como a las niñas de los ojos, a la sombra de tus alas escóndeme”, Sal 17,8); y que, sobre todo, está ahí, pronta a dar vida a la creación (“la tierra era un caos informe, sobre la faz del abismo la tiniebla, y el aliento de Dios se cernía sobre las aguas”, Gen 1.2).

¿Podemos decir que con el texto de hoy San Lucas ha conseguido realmente “explicar” por qué en Jesús encontramos a Dios? Depende. Su texto convence a los ya convencidos, a los que celebraremos la Navidad porque Jesús ha tocado nuestro corazón. Con las palabras de Jeremías, Jesús nos ha seducido y nosotros nos hemos dejado seducir. ¡Sí, Dios ha nacido en Belén! En Nazaret, en nombre de todos, María dijo sí al plan de Dios, y le permitió a Dios ser uno de nosotros. Y por ello damos gracias al Señor.

Para otras personas… el texto de Lucas les hace soñar, buscar un mundo más justo y en paz, donde el papel esencial de la mujer y la dignidad divina de todos los humanos sean reconocidos. También por estos sueños damos gracias a Dios. Hay finalmente quienes no aprecian el valor fundamental de los símbolos, mitos y poesía en nuestras relaciones interpersonales. Para ellos, la historia de Lucas es una buena ocasión para “gozar de la fiesta”. Y si Jesús les da una ocasión de festejar en un mundo a menudo demasiado triste… ¡también le damos gracias!

Ramón Echeverría, mafr

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