Deuteronomio 18,15-20   —   1 Corintios 7,32-35   —   Marcos 1, 21-28 

 “Se quedaron asombrados por su enseñanza”. Hay en los evangelios varias maneras de observar a Jesús y hablar de él. En el relato de este domingo Marcos no nos transmite ninguna enseñanza concreta de Jesús, pero llega exactamente a la misma conclusión que Mateo (Mt 7.28): “Se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad”. Excepto que Mateo lo hace tras haber llenado tres capítulos de su evangelio con determinadas enseñanzas de Jesús. Se diría que Mateo nos presenta a un Jesús que nos libera con su palabra, tan revolucionaria entonces como hoy; mientras que Marcos hace que nos encontremos con un Jesús que nos libera más bien permaneciendo a nuestro lado y con sus curaciones.

Cabría preguntarse de cuál de estos dos Jesús nos sentimos hoy más cerca. Y seguramente que las distintas respuestas tendrían mucho que ver con los temperamentos, las situaciones y el recorrido personal de cada uno. Ya fue así con los mismos evangelistas. Pues bien, la liturgia de este año ‘B’ nos invita a meditar la Buena Noticia de Jesús según el evangelio de San Marcos.

“No enseñaba como los letrados, sino con autoridad”. ¿Qué sentido quiere entonces dar San Marcos a esta frase? En el pequeño texto de hoy Jesús cura a un endemoniado. Y en la continuación que leeremos los próximos domingos, Jesús sanará a la suegra de Simón, a un leproso, a un paralítico y “a muchos pacientes enfermos de diversas dolencias”… ¡Esa es precisamente su “autoridad”! Cura, acompaña, consuela… ¿Cómo entonces no escucharle cuando proclama (en el texto del pasado domingo) que el Reino de Dios está cerca, y cuando nos invita a creer en la Buena Noticia?

Tres apuntes acerca de la “autoridad” de Jesús según San Marcos. En primer lugar, dado el significado “autoritario” de esa palabra en nuestro lenguaje contemporáneo, podríamos utilizar en su lugar la palabra “credibilidad”: su comportamiento y las curaciones que lleva a cabo hacen que Jesús sea “creíble·, y que cuando habla, lo haga con “autoridad”.

Segundo apunte: leyendo el conjunto del evangelio según San Marcos, se tiene la impresión de que sólo Jesús es creíble, sólo Jesús pueden hablar con autoridad. ¡Cuántas veces Marcos nos hace observar que los discípulos no comprenden, o comprenden al revés, y no ponen en práctica el ejemplo y los consejos que les da Jesús!

El tercero, en lugar de un apunte, sería un sentimiento de asombro, de acción de gracias y también de preocupación. A pesar de sus deslices (¡se pelean por los primeros puestos!), sus debilidades (le siguen a Jesús desde lejos, con miedo), y su incomprensión, Jesús no abandona a sus discípulos. Al contrario, les explica en la intimidad (“Al llegar a casa”), los convierte en sus colaboradores, confía en ellos, los envía por delante a prepararle el terreno.

Lo cual me lleva a menudo a hacerme múltiples preguntas. Decimos que somos discípulos de Jesús. ¿Creemos realmente en la Buena Noticia? ¿Son creíbles nuestro optimismo, nuestra esperanza y nuestras sonrisas? Según las encuestas gran parte de nuestros conciudadanos piensan que no. No podemos poner entonces por delante nuestra “credibilidad” o nuestra “autoridad”, pero sí, solamente, la credibilidad y la autoridad de Jesús.

Y así es como por enésima vez pienso en la reacción de Pedro hacia el final del Evangelio de Juan. “Señor, tú sabes todo”, mis debilidades, mis dudas, mis miedos… “Y sabes que te amo”. Humildad, terriblemente motivada y sincera, y una adhesión a Jesús bien fuerte y visible, esas son las bases de la credibilidad de Pedro. Debieran también serlo de nuestra credibilidad, de la de todos aquellos que se confiesan “discípulos de Jesús”.

Ramón Echeverría. mafr

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