Sofonías 2,3 ; 3,12-13   —   1 Corintios 1, 26-31   —   Mateo 5, 1-12a
Observemos en primer lugar que este domingo las tres lecturas insisten en lo mismo. El profeta Sofonías consuela a un pueblo empequeñecido y pobre. Pablo recuerda a los Corintios que el Señor elige a la gente común para confundir a los sabios. Y las Bienaventuranzas se dirigen a los pobres, a la gente de paz, a los que sufren, a los perseguidos.
Este domingo se trata de las “Bienaventuranzas” según San Mateo, el evangelista que nos acompañará durante este año litúrgico. En la versión de Lucas sólo hay cuatro bienaventuranzas seguidas por cuatro maldiciones. Según los expertos eso correspondería bastante al discurso pronunciado por Jesús. Para Lucas, las cuatro bienaventuranzas son como un vuelco de las situaciones de los pobres, los hambrientos, de quienes lloran y son insultados porque son seguidores de Jesús.
Por otra parte en Mateo, que hace una especie de comentario midrásico, las ocho, que ya no son cuatro bienaventuranzas aparecen sobre todo como un programa de vida. No basta con ser pobre, hay que ser pobre en el espíritu; tener hambre y sed de justicia; ser misericordioso; construir la paz con dulzura; y ante todo tener un corazón ‘puro’, que no esté dividido, sino totalmente entregado al Señor.
Personalmente, me parece de gran actualidad el contexto histórico del texto de Mateo. Durante los tres siglos que precedieron al nacimiento de Jesús, los habitantes de Judea no eran numerosos, puesto que muchos de sus compatriotas seguían exilados en Babilonia y Egipto. Vivían en una provincia pequeña en la periferia de un gran imperio gobernado primero por los persas y luego por las dinastías de los herederos del imperio de Alejandro. Se sentían insultados y despreciados por sus vecinos samaritanos.
… Ni siquiera tenían el consuelo de una vida más allá, creencia que todavía en tiempos de Jesús era una novedad rechazada en los círculos sacerdotales tradicionalista. En tal situación y con ese sufrimiento, ¿dónde estaba su Dios, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios que habría debido defender y bendecir a su pueblo? Sin duda cantaron a menudo con los Salmos, “¿Por qué nos has abandonado?”, como Jesús que oró en la cruz con el salmo 22 “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Pero del mismo modo en que Jesús nunca abandonó a Dios y momentos antes de su muerte exclamó “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, así también estos piadosos judíos rezaban el salmo 84 mejor “Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa”.
A esos judíos, la tradición los llama “pobres”, “pobres de Yahvé”. Con ellos la relación con Dios dio un vuelco. Aparentemente Dios los había abandonado. Pero su apego, su pasión, su amor por Dios eran tan fuertes, que ellos nunca le abandonarían. Ahora eran los pobres de Yahvé los que esperaban que Dios se comportase justamente, un poco como Simeón y Ana en las historias de la niñez en el Evangelio de Lucas.
Y es en primer lugar a esos “pobres de Yahvé” que las Bienaventuranzas según Mateo están dirigidas. “Bienaventurados los pobres en el espíritu”. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.” “Ellos verán a Dios”. “Ellos se llamarán hijos de Dios.” Es en la comunión con Jesús, con quien ellos “sufren por la justicia”, donde Yahvé responde a sus expectativas.
Vivian en tierras cristiana. Pero quizás porque habían sufrido incomprensión e incluso persecución, dos grandes místicos, Juan de la Cruz y Teresa de Ávila reaccionaron como los “pobres de Yahvé”: “Aunque no hubiera cielo yo te amara” oraron en sus poemas. Y Jesús colmó sus corazones. Hoy ya no vivimos en tierras cristianas, y la sociedad nos sitúa cada vez más en su periferia. Pero no queremos abandonar a Dios y Jesús viene a habitar en nuestros corazones. Aquí y ahora.
Ramón Echeverría, mafr

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