Hechos de los Apóstoles 2,14.22b-33   —   1 Pedro 1,17-21   —   Lucas 24,13-35
 
Como siempre, una frase del evangelio de este domingo atrae inmediatamente: “Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron”.  ¿Quién de nosotros no ha tenido nunca dudas sobre su propia fe, -“adhesión” según Chouraki-, en Jesús de Nazaret? Ese Jesús en quien creo y con quien comprometo mi vida, ¿no será un producto de mi imaginación? ¿Cómo amar y implicarme con alguien con quien nunca me he encontrado? Y siempre la misma respuesta, la misma imagen, la de los discípulos de Emaús: Jesús partió el pan y ellos lo reconocieron. Uno no puede reconocer a Jesús si no comparte el pan. El pan que comemos con la familia, con los amigos y también con los enemigos… El pan que compartimos con los pobres… El pan de la Eucaristía que quiere hermanarnos con lazos más fuertes que los de la familia o la nacionalidad…
Este año sin embargo me ha llamado la atención la siguiente frase de Jesús: “¡Qué necios y torpes! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?” Jesús había adquirido cierta fama. Las gentes venían a escucharlo. Algunos se decían discípulos suyos… Pero al final los suyos lo abandonaron, la muchedumbre exigió su muerte, y ante los ojos de todos se convirtió en un perdedor. Y Jesús aceptó que así fuese. Sólo tras su muerte se presentó como vencedor. ¡No antes!
¿Qué había en mi subconsciente para que me atrajera tanto este texto? A partir de cierta edad el acercarse de la muerte ya no es una preocupación ni un temor, sino una realidad a la que hay que encontrarle un sentido. Y hace unos días leí esta frase de Pablo en la carta a los Colosenses: “Estoy completando en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su Cuerpo que es la Iglesia”. Con tal de poder vivir en comunión con Jesús, Pablo acepta sufrir, morir… morir si es preciso como un perdedor a los ojos de todos. En comunión con Jesús, él se sabe victorioso. Pero todavía en la tierra, su preocupación no es la de presentarse como un vencedor sino la de completar “en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su Cuerpo que es la Iglesia”
Confieso que me sentí cuestionado por este texto. Cuestionado personalmente. Porque espontáneamente tiendo a identificarme, más que con Pablo, con los discípulos que antes de la muerte de Jesús ya querían saber quién era el primero entre ellos. O con Santiago y Juan que pedían los primeros puestos en el Reino. Me sentí cuestionado también como sacerdote, “hombre de Iglesia” como se suele decir. Bajo Diocleciano la Iglesia sufrió la más terrible de las persecuciones. Y cuando Constantino, todavía pagano, le ofreció el poder, ella no dejó perder la ocasión. Desde entonces, la Iglesia-institución no ha dejado de comportarse como una “vencedora”…
“¡Qué necios y torpes! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?” Cuando Pablo escribe sus cartas, la comunidad cristiana está sufriendo. Esteban y Santiago habían sido asesinados en Jerusalén y buena parte de los discípulos habían tenido que huir. No pasará mucho tiempo para que los discípulos de Jesús sean expulsados formalmente de la sinagoga. A pesar de ello algunos miembros de la comunidad de Corinto se comportaban ya como los discípulos en los tiempos de Jesús: ¿quién es el primero? ¿El más capaz? ¿El más empeñado? Pablo ttuvo que llamarlos al orden: “Pues mientras los judíos piden señales y los griegos buscan saber, nosotros predicamos un Mesías crucificado, para los judíos un escándalo, para los paganos una locura”.
Dos milenios más tarde, nuestra comunidad cristiana, la Iglesia, está sufriendo una vez más. Se ha hecho minoritaria en los antiguos países de la Cristiandad. Está siendo perseguida por miembros de otras religiones. Se la desprecia e insulta allí donde la sociedad se ha hecho post-religiosa… Eso debiera ofrecernos una oportunidad única para volver a lo esencial: la intimidad con Jesús, que es nuestra fuerza y nuestro modelo de vida. ¿Por qué entonces la Iglesia-institución, con el apoyo de muchos de sus miembros, sigue comportándose como una “vencedora”? ¿Acaso nos hemos olvidado de que era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?”.
Ramón Echeverría, mafr

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