Proverbios 31,10-13.19-20.30-31   —   1 Tesalonicenses 5,1-6   —   Mateo 25,14-30

“A cada cual según su capacidad”. Me suelo hacer varias preguntas acerca de cada una de las parábolas: ¿Qué es lo que Jesús quería hacernos comprender? ¿Por qué el evangelista creyó que esta parábola era importante para sus lectores y cómo la entendió él mismo? ¿Y qué es lo que la parábola evoca en mí hoy? Las respuestas a las dos primeras preguntas no siempre son evidentes. Pero hay algo seguro con respecto a la parábola de los talentos. Según los expertos, en la época de Jesús un talento de plata equivalía a 26 kg de plata, y hasta 40 kg según los lugares. Lo que quiere decir que incluso aquel que sólo recibió un talento recibió de todos modos una suma bastante considerable. Luego no puede ser la intención de la parábola criticar a los siervos con “escasas capacidades”. Todo siervo tiene suficientes capacidades, aunque todos las tengas en grados distintos. Lo mismo hoy que en tiempo de Jesús.

Dicho esto, dos cosas me han llamado esta vez la atención meditando la parábola de este domingo. La primera, ese “Tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra”. Paralizado por el miedo a su Señor, tal es la situación del “siervo malo y perezoso”. Y puesto que en las parábolas “rey”’, “dueño”, “padre de familia” u “hombre que se va de viaje” suelen referirse a Dios, el Padre de Jesús, me he preguntado hasta qué punto el temor de Dios podría paralizarnos, y si no nos había ya paralizado. Conservo entre mis recuerdos esta conversación con mi padre ya anciano, pero todavía con buena salud: “Tengo miedo a la agonía que precede a la muerte, –me decía–, no sea que a causa del dolor termine perdiendo la fe ». Mi padre era un hombre recto, católico muy ferviente. ¿Cómo es posible que sintiera ese miedo, un miedo tan poco cristiano? ¿Acaso no creía en el Padre de Jesús, el “papa” de todos? ¿Había sido realmente cristiana la formación que había recibido?

Se puede sin embargo comprender la reacción de mi padre. Jesús nació judío, murió judío. Y la idea que se encuentra en algunas páginas del Antiguo Testamento de un Dios que nos espera como un juez severo aparece también a veces en los discursos y parábolas de Jesús. Y se ha conservado y transmitido en la comunidad cristiana. Pero, a diferencia de lo sucedido con muchos cristianos, las raíces veterotestamentarias de Jesús no fueron para él una cárcel o cadenas que le impidieran crecer. Al contrario, le sirvieron para avanzar y para mostrarnos lo mucho que Dios es una Papá bondadoso que nos busca para perdonarnos, antes mismo de que le hayamos pedido perdón. Busca a la oveja perdida, espera la vuelta de su hijo pródigo. La última oración de Jesús es muy significativa: “Padre, perdónalos, no saben lo hacen”. El cristiano puede y a menudo debe ser consciente de sus propias debilidades, y avergonzarse de sí mismo. Pero nunca debe tener miedo al Padre de Jesús. El siervo malo de la parábola ha tenido miedo, y el miedo lo ha paralizado. Y, por supuesto, él ha sabido aprovechar sus enormes capacidades, ¡todo un talento de plata! A menos que no hayan sido también los celos los que le han paralizado ver cómo otras personas habían recibido más que él. No lo dice explícitamente la parábola pero no nos equivocamos pensándolo.

Mi segundo punto es que, si no nos paralizan ni el miedo ni la envidia podremos salir de nuestras iglesias y nuestros hogares para que nuestros talentos fructifiquen. Jesús quiere que seamos sal y luz. Nuestra presencia tiene que potenciar los sabores, la calidad y el valor de todo lo que nos rodea: personas, relaciones humanas, trabajos, proyectos, ideales… Nuestra presencia tiene también que iluminar, es decir hacer que se cuestionen las personas con las que nos encontramos, para que todos comprendamos mejor la belleza y la profundidad de nuestra vocación humana.

Y un último punto. Un “talento” muy valorado por las primeras generaciones cristianas fue el de nuestras diversidades, que se complementan entre ellas en un mismo cuerpo. San Pablo habla a menudo de esto. Nos toca a nosotros hacer que sean sal y luz en nuestro mundo contemporáneo que tanto lo necesita.

Ramón Echeverría. mafr

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