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Sabiduría 6,12-16   —   1Tesalonicenses 4,13-14   —   Mateo 25,1-13

Dos observaciones nos ayudarán a comprender mejor el evangelio de este domingo. La primera se refiere a nuestra impaciencia. Los científicos creen que el Big-bang ocurrió hace unos 13 billones de años. Se puede pues decir que la naturaleza trabaja pacientemente y a largo plazo. Y sin embargo cuando se trata de nuestros proyectos, económicos, políticos o eclesiales, la mayoría quisiéramos ver los resultados casi inmediatamente. Así fue en la época de Jesús y al principio de nuestra comunidad cristiana: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino para Israel?” preguntan los discípulos al principio del libro de Los Hechos. (Hechos 1:6). Y San Pablo debe condenar a esos Tesalonicenses que esperan tan febrilmente la venida de Jesús y de su reino, que se olvidan de trabajar, “muy ocupados en no hacer nada”. “El que no quiera trabajar, que no coma” (2Tes 3: 10-11).

La segunda observación concierne nuestro escuchar. Espontáneamente, adaptamos lo que se nos dice a nuestro vocabulario y formas de pensar, y es raro que ello coincida exactamente con lo que nuestro interlocutor tenía en mente. Se requiere tiempo, esfuerzo y sobre todo la mejora de la relación interpersonal con el otro para que captemos mejor su pensamiento. Sólo poco a poco pudieron los discípulos captar y comprender lo que Jesús había dicho sobre el Reino de Dios, que “no es de este mundo”, aunque ya esté entre nosotros. Y aún no hemos terminado de captar y comprender.

Según San Lucas, a los discípulos que preguntaban cuándo sería restaurado el Reino, Jesús responde “No os toca a vosotros saber los tiempos… Pero recibiréis una fuerza, el Espíritu Santo… para ser testigos míos”. Es decir, no hay que preocuparse del “cuando” del Reino, sino de su contenido, la Buena Noticia de Jesús. A Mateo, como buen escritor judío, le gustan las parábolas. En la de hoy, está de acuerdo con Lucas en que no hay que hacer cálculos sobre el “cuándo” del Reino, y menos aún imaginar que va a retrasarse para poder echarse a dormir. Pero Mateo insiste en que debemos estar siempre preparados, las lámparas repletas de aceite, a cualquiera que sea la hora.

Lucas y Mateo ya no están físicamente presentes. Pero el mismo Espíritu que inspiró sus escritos nos pregunta de manera muy directa: ¿Cuál es hoy ese aceite que debe ser abundante y mantener siempre las lámparas encendidas hasta que el Rey y el Reino lleguen de manera definitiva? Por una parte, todo futuro, también el futuro del Reino, nos sorprende siempre. Los discípulos que le preguntaron a Jesús cuándo se iba a restaurar el Reino no podían imaginar que la persecución que iban a sufrir en Jerusalén provocaría el inicio de la universalidad de la iglesia. Pero el mismo tiempo, pensar en el futuro e imaginarlo, aún a sabiendas de que nos va a sorprender, no sólo mantiene viva nuestra esperanza, sino que también nos ayuda a descubrir esos valores en sí que debe alimentar nuestras lámparas, guiar nuestros pasos, iluminar nuestra actualidad.

En el siglo II los romanos importaban aceite de las provincias africanas, no porque fuera bueno para cocinar, sino porque era excelente para las lámparas. ¿Cuál puede ser el aceite adecuado en un mundo hecho de globalización y nacionalismos, de secularización y fundamentalismos religiosos, de comunicaciones globales y postverdades? ¿Cuál el aceite bueno, que nos ayude a encontrar hasta el dracma que habíamos perdido, y a mirarnos los unos a los otros como Dios nos mira? Es evidente que se puede responder de múltiples maneras. Si yo lo hago de manera espontánea, influenciado seguramente por mi experiencia personal, pienso inmediatamente en el “aceite de la escucha”. Según Jesús Dios nos escucha con un corazón de “papá”, incluso cuando no sabemos ni qué ni cómo decírselo. Ciertamente que Jesús de Nazaret escuchaba a la gente que encontraba. Y la gente, Nicodemo, la Siro-fenicia, el publicano, la samaritana, Marta y María… se sentían escuchados. “Aceite de escucha”. “Vosotros sois la luz del mundo… No se enciende un candil para ponerlo debajo del perol… Alumbre también vuestra luz a los hombres…”, nos dice Jesús en el sermón del Montaña, en el mismo Evangelio de Mateo.

 

Ramón Echeverría, mafr

 

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