Malaquías 1,14b-2,1.2b.8-10   —   1Tesalonicenses 2,7b-9.13   —   Mateo 23,1-12

Dos convicciones han sustentado desde siempre la espiritualidad judía: la del Dios Uno y Único y la de su liberación en Egipto, prueba del compromiso de Dios con nuestra historia humana. Entre los muchos textos bíblicos que lo mencionan, la tradición judía ha favorecido dos. El primera es el “Shema Israel…”, “Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es solamente uno…”’, del libro de Deuteronomio. El segundo, en el libro del Éxodo, recuerda la salida de Egipto y concluye “Te servirá como señal en el brazo y signo en la frente de que con mano fuerte te sacó el Señor de Egipto”. De ahí la costumbre de llevar estos textos, especialmente durante la oración, en dos cajitas de cuero atadas con tiras también de cuero. Esos son los “tefilin” o filacterias. Costumbres similares se encuentran en todas las civilizaciones. Muchos cristianos llevan una cruz o una medalla de María. Los musulmanes caminan teniendo en la mano un “tasbih” (especie de rosario que recuerda los nombres de Dios), algo semejante a la “mala” de hindúes y budistas. Yo mismo llevo a veces con las alianzas de mis padres una medalla del Sagrado Corazón que perteneció a mi padre.

“Alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto”, dijo Jesús de los escribas y los fariseos y “les gustan los primeros puestos”. He meditado sobre el evangelio de este domingo. Aquí va lo que me ha sugerido y cómo me ha cuestionado.

Me he encontrado con obispos que llevaban cruces de madera. Son la excepción. Los he encontrado a menudo que las llevaban de metales preciosos y muy elaboradas, demasiado, según mi parecer. Pero, ¿quién soy yo para juzgar? Lo que sí me ofendió fue lo ocurrido en la estación en Madrid hace unos días. Una anciana resultó herida seriamente al caerle encima la maleta que estaba colocando. Tuvieron que venir la policía y los servicios médicos, y el tren se retrasó. Los pasajeros fueron muy comprensivos. Excepto un obispo, con su cruz bien visible, que protestaba malhumorado porque, según decía, llegaría tarde a su cita. ¡La amiga que me contó la escena tuvo que llamarle al orden delante de los demás pasajeros! “Les gustan los asientos de honor… y que les hagan reverencia por la calle”. Jesús no condenó las filacterias, pero sí su empleo ostentoso, sobretodo porque hace que sean hipócritas quienes las llevan, “porque ellos no hacen lo que dicen”.

Por otra parte, nunca los evangelios mencionan signos externos que Jesús habría llevado y que podrían haber indicado que era un curandero, un mesías, un fariseo, un profeta, u otra cosa. No los necesitaba. Cuando se encontraba con la gente, algo que hizo a menudo en los últimos años de su vida, se presentaba sencillamente tal como era. Y no dejaba a nadie indiferente, ni siquiera a las autoridades romanas que pusieron sobre la cruz la inscripción “Este es Jesús, el rey de los judíos”.

Y sin embargo los signos externos y los uniformes pueden ser muy útiles, como cuando buscamos información en un aeropuerto, una enfermera en el hospital o la protección de un policía. Pueden también ocultar las miserias y la incompetencia de quienes actúan en nombre de algún poder: como en el caso de esos políticos, jueces u obispos que “no hacen lo que dicen”.

¿Qué decir entonces de los sacerdotes y religiosas con sus hábitos, y de tantos cristianos que llevan bien visible sus medallas y cruces? Conocemos la frase de Pascal en sus Pensamientos, “El hombre no es ni ángel ni bestia, y la desgracia quiere, que quien quiere hacer el ángel haga la bestia”. Sería contraproducente negar nuestras necesidades de identidad, de socialización y de aceptación. A ellas responden los signos exteriores. Además, padres, maestros y sacerdotes sabemos muy bien que dar consejos a los demás nos anima a que también nosotros practiquemos lo que predicamos. “El hábito hace al monje”, dice la sabiduría popular. Aceptemos pues que en éste nuestro mundo, tal como es, tenemos todavía necesidad de signos identitarios, de la misma manera que necesitamos leyes, medicinas o policías. Pero como discípulos de Jesús, estamos llamados a empeñarnos con él en la construcción de un Mundo Nuevo, en donde baste el que cada uno de nosotros escuche al Espíritu de Jesús, que Dios ha plantado en su corazón. Por ello, cada vez que una persona, al encontrarse con nosotros tal como somos, ––en toda transparencia y sin que haya signos, símbolos o hábitos de por medio––, encuentra también al Espíritu de Jesús que nos habita, Jesús habrá dado con nosotros, un paso adelante en la construcción de ese Mundo Nuevo. Y nosotros daremos gracias al Señor.

 

Ramón Echeverría, mafr

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