Éxodo 22,20-26   —   1 Tesalonicenses 1,5c-10   —   Mateo 22,34-40 

Los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron para ponerlo a prueba. Entre la espada y la pared, ésa era a menudo, y sigue siéndolo hoy, la suerte de los profetas y de los hombres de paz. Ya conocéis a los saduceos: asociados con los sumos sacerdotes; tradicionalistas en cuestiones religiosas; opuestos por ello a la creencia, todavía novedosa en tiempos de Jesús, de una vida en el más allá; realistas en lo político; dispuestos a convivir con los romanos con tal de salvar sus prerrogativas políticas y religiosas…  Y por otro lado los fariseos: cercanos al clero bajo; desconfiando de las autoridades; admirados por el pueblo por la rectitud de su sinceridad; deseando la santidad para todos, no sólo para los sacerdotes; y por ello, dispuestos a hacer que en cada aspecto de la vida cotidiana hubiera numerosas y detalladas leyes y reglas…

Al proclamar que Dios es un Dios de la vida y que sus proyectos nos conducen incluso más allá de nuestras vidas temporales, Jesús había silenciado a los saduceos. Pero según los fariseos, ese mismo Jesús no tomaba suficientemente en serio las leyes de santidad: se dejaba tocar por personas en estado de impureza legal; aceptaba sin problemas que sus discípulos transgredieran las leyes durante el sábado: incluso comía con publicanos y prostitutas… En realidad, Jesús estaba mucho más alejado de los saduceos que de los fariseos. Estos venían a menudo a escucharle. Y será uno de sus ancianos, Gamaliel, quien les defienda ante el sanedrín tras la muerte de Jesús. Pero, como sucede a menudo, los conflictos entre parientes y vecinos son los más virulentos. Los descendientes de los fariseos, de los cuales algunos eran cristianos, se opondrán fuertemente a la apertura de la primera comunidad hacia los Gentiles. De ahí las duras palabras contra los fariseos que uno encuentra en los Evangelios. En el texto de este domingo los fariseos quieren hacerle preguntas a Jesús para poder demostrar que es demasiado laxo con respecto a la ley.

Jesús se la arregla bastante bien, al igual que en otras ocasiones en el mismo evangelio de Mateo. No que la animosidad de los fariseos vaya a desaparecer por ello, al contrario, porque a nadie le gusta que le puedan en una discusión. Más importante según Mateo es el que Jesús coloque la pregunta en otro contexto mucho más importante que el de las leyes sobre la comida o el culto: “y el segundo es semejante a él”. Para todo discípulo de Jesús, el prójimo es tan importante como Dios. “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”, añade Jesús en el capítulo 25 de este mismo evangelio de Mateo. Y unos años más tarde Juan escribirá: “Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve.”

En círculos cristianos se dice a menudo que el gran problema de la era moderna es que nos hemos olvidado de Dios. Escuchando a Jesús, observándole con Juan y Mateo, habría que afirmar que el gran problema es que nos hemos olvidado del hombre, y que sólo quienes aman al hombre pueden conocer y amar a Dios. La emigración hacia las ciudades ha hecho que la vida comunitaria sea más difícil y compleja, y de ahí viene la tentación del individualismo. La globalización, a fuerza de mantener constantemente ante nuestros ojos, en la calle o en la televisión, al otro diferente, ha conseguido que se nos haga invisible. Y gracias a la tecnología, hasta podemos hacerlo “virtual”, conservando de él lo que nos interesa, lo que nos gusta, o aquello que en él nos gusta criticar.

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Si no hacemos el esfuerzo de escuchar al otro, respetarle, e intentar comprenderlo y amarlo, tanto como nos escuchamos y amamos a nosotros mismos, será inútil que busquemos a Dios. Nunca lo encontraremos.

 

Ramón Echeverría, mafr

 

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