Hechos de los Apóstoles 2,42-47   —   1 Pedro 1, 3-9   —   Juan 20,19-31

 

 “Si no veo en sus manos la señal de los clavos… no lo creo”. Se diría que una especie de “bienaventuranza” aparece constantemente en el evangelio según San Juan: “Bienaventurados los que dudan, Jesús hará de ellos instrumentos de la Buena Noticias”. Comienza ya con María: “No les queda vino”. Es todo lo que se atreve a decir. La relación con su hijo está cambiando y en Caná de Galilea María parece vacilar. Ese es también el caso de Nicodemo: “¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo?”. Quien dudará más tarde será la mujer samaritana: “Señor, si no tienes cubo… ¿de dónde vas a sacar agua viva?” A veces es el mismo Jesús quien verbaliza las incertidumbres de sus discípulos. “¿Dónde podremos comprar pan para que coman éstos?”, le dice a Felipe antes de la multiplicación. En el caso del procurador romano Poncio Pilato, su duda es existencial, pronunciada en nombre de toda la humanidad: “Y ¿qué es la verdad?”. Y en el texto de hoy, habiendo ya resucitado Jesús, es el turno de Tomás: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos… no lo creo”.

Bienaventurados los que dudan, porque Jesús hace de ellos instrumentos predilectos de la Buena Noticia. ¿Es eso porque situados en las difíciles y peligrosas fronteras de la fe, su duda expresa también un profundo respeto por el Misterio que Jesús es, Misterio que nunca conseguiremos desvelar, pero que sigue siendo parte esencial de la Buena Noticia? En Caná de Galilea Jesús obedeció a María sin que ésta tuviera que mandárselo. En respuesta a Nicodemo, Jesús se presenta como el misterioso Hijo del Hombre del libro de Daniel. La mujer samaritana corre a anunciar que este “hombre ha adivinado todo lo que he hecho” y es sin duda el Mesías. La multiplicación de los panes se resolverá con la más humana de las confesiones de fe que uno encuentra en los evangelios: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”. Y en su dudar Pilatos pronunciará una extraordinaria Buena Noticia, aunque sin darse cuenta de su enorme alcance: “Este es el hombre”, proclama. Y en efecto, y aunque no lo vea, Pilatos tiene frente a él al Hombre, con mayúscula, al pionero de la nueva humanidad.

Bienaventurados pues los que dudan, los que dudamos. Y este segundo domingo de Pascua nos invita a identificarnos con Tomás, humildemente, serenamente. Y también a anunciar la Buena Noticia de la humanidad del Resucitado. Porque es precisamente sobre ésta que Jesús insiste en su respuesta a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos”. De hecho, aunque en el Mediterráneo del siglo primero Jesús era poco conocido y aún menos su resurrección, el Evangelio según San Juan sintió ya entonces la necesidad de insistir sobre la humanidad del Resucitado frente a algunos cristianos (en el siglo segundo los llamarán “docetistas”) que para glorificar aún más a Jesús-Hijo de Dios, afirmaban que Jesús-hombre y su muerte habían sido sólo apariencias.

Las cosas han cambiado mucho en dos mil años. Incluso fuera de la comunidad cristiana, Jesús, el hombre, es reconocido y aclamado. Sin embargo, para los cristianos, para quienes lo aclamamos como “Dios-con-nosotros”, “Cristo” e “Hijo de Dios”, aceptar realmente su humanidad sigue siendo una asignatura pendiente. A partir del siglo 14, gracias al esfuerzo de los franciscanos, se ha revalorizado mucho la humanidad del Hijo de Dios. Pero a menudo los belenes y viacrucis han vuelto a ser reinterpretados de manera mítica. Muchos cristianos siguen pensando que en su humanidad Jesús no ha podido ser tan ignorante, débil y culturalmente localizado como nosotros… “¿No era él acaso el Hijo de Dios?”

Se podría argumentar que Jesús, el Resucitado, no nos ha facilitado la tarea. Se identificó con los pobres y los pecadores. Se convirtió en la “cabeza de la Iglesia”. Ha querido que en adelante seamos nosotros su Cuerpo visible. Sin su ayuda, ¿quién podría verle a Jesús en nosotros, en nuestra comunidad cristiana, a menudo malherida, siempre débil, a veces pecadora? ¿Hay entonces que extrañarse si nuestra participación en los belenes, viacrucis y procesiones de Semana Santa se convierte a menudo en una huida hacia adelante que hace que nos olvidemos de la humanidad de Cristo resucitado.

Y por eso el Resucitado se dirige hoy a nosotros: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino creyente”.

Ramón Echeverría, mafr

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