Génesis 22,1-2.9a.10-13.15-18   —   Romanos 8,31b-34   —   Marcos 9,2-10 

Tres puntos aparecen casi siempre en los comentarios de este segundo el domingo de Cuaresma y al evangelio de la “Transfiguración”. Primero la bondad de Jesús, que con esta manifestación gloriosa prepara a sus discípulos para el sufrimiento de su pasión y muerte. Luego, el carácter místico, es decir muy espiritual y por ello indescriptible de la experiencia. Y en tercer lugar, especialmente si leemos la versión de Marcos (así es este año), la falta de comprensión de los discípulos, Pedro en particular, lo que no les impide sin embargo permanecer profundamente encariñados con Jesús. Que es a menudo lo que nos sucede hoy a nosotros.

Pero los textos bíblicos nunca dejan de inspirarnos ni nosotros de descubrirlos. Y este año ha sido la última frase, que sólo aparece en el evangelio de Marcos, la que ha llamado mi atención: los discípulos discutían “qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos”.

Según Marcos hará falta esperar a la muerte y resurrección de Jesús para comprender quién era él. Ese es el sentido de la declaración del centurión que hemos meditado muchas veces: “Al ver cómo había expirado el centurión exclamó: “Realmente este hombre era Hijo de Dios´´”.  Pero por ahora y en su perplejidad los discípulos se hacen también preguntas acerca de la resurrección. Si Jesús, con el que se han encontrado y al que han acompañado a la montaña era ya glorioso, ¿por qué habría que esperar a que “el hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”? Sobre todo porque en su modo de pensar judío, la resurrección de los muertos iba a tener lugar sólo tras el juicio final.

La idea de un juicio al final del mundo seguido por la resurrección, forma hoy parte de las creencias judías y musulmanas. Aparece algunas veces en los textos del Nuevo Testamento (después de todo, sus autores eran judíos) y se ha conservado en el imaginario de las proclamas tradicionales de nuestra fe cristiana. Ello aun cuando la iglesia oficial, creyendo poder racionalizar nuestras creencias, introdujo la distinción entre un juicio que tendría lugar en la muerte del individuo y otro al final de los tiempos.

Entonces, lo que me llama la atención es cómo, a pesar de ese fondo de pensamiento judío, se fue haciendo camino entre los cristianos la idea de una vivencia de resurrección ya aquí y ahora. Aparece explícitamente en las cartas a Efesios y Colosenses: “Dios nos dio vida en el Mesías… por él nos resucitó” “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de arriba”. Esa idea está enraizada en la experiencia de los discípulos cuando iban acompañando a Jesús por los caminos de Galilea. Nunca sabremos lo que sucedió exactamente en la montaña, pero no cabe duda de que los evangelistas lo consideran un momento singular que evoca y resume lo que los discípulos experimentaron durante los  años de vida pública de Jesús. Se trataba de un personaje real, “Jesús de Nazaret”, pero en él les encontraba Dios. Más tarde la resurrección dará un sentido a todo eso, pero ya antes de su muerte Jesús vivía como “resucitado”. Y siempre según los evangelistas, ese mismo Jesús pedía a sus discípulos que fueran luz y sal, que perdonaran… que se comportaran como “resucitados”. De ahí su asombro, y la respuesta habitual de Jesús, “imposible para los hombres pero no para Dios.”

Vivir aquí y ahora como resucitados. O si preferís en el contexto del evangelio de este domingo, vivir como Jesús, “transfigurados”. Confieso que me siento desconcertado cuando algunos cristianos consiguen hacerlo, o cuando otros consiguen expresar con palabras de qué se trata. Entre los primeros, Juan de la Cruz y Teresa de Ávila que pueden decirle a Jesús con toda seriedad “No me mueve mi Dios para quererte… aunque no hubiera cielo yo te amara”…  Y entre los segundos, Panikkar: “quienes encuentren aquí su paraíso también podrán encontrarlo tras su muerte”. Y entiendo la reacción de Pedro, “¡Qué bien estamos aquí! Vamos a hacer tres chozas…” Estaba asustado. Pero no sólo por lo que estaba viviendo en ese momento en la montaña, sino por lo que imaginaba que estaba llamado a vivir una vez abajo.

Ramón Echeverría, mafr

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