Génesis 12,1-4ª   —   2 Timoteo 1,8b-10   —   Mateo 17,1-9

 

Puede parecerme que conozco a mis amigos, pero en realidad nunca termino de descubrirlos. Son mucho más de lo que aparece a primera vista. Yo mismo, aunque no podría probarlo matemáticamente, sé que soy mucho más que la suma de una multitud de procesos químicos que se podrían analizar fríamente…

Esos pensamientos me ayudan, no a comprender, pero sí al menos a imaginar la reacción de los primeros discípulos de Jesús cuando, poco a poco, tuvieron que aceptar que Jesús era mucho más que el hombre de Nazaret con acento galileo que aparecía a primera vista. Y dado que la Encarnación, una encarnación no mítica sino real, está en el centro de mi vivencia humana y cristiana, intento también imaginar cómo el mismo Jesús tuvo que aceptar poco a poco quién era él; que él era más de lo que observaba a primera vista en sí mismo; y que él era, para decirlo con una frase que yo mismo no entiendo, “Dios con nosotros”. Se comprende también la dificultad de los discípulos de Jesús y de los evangelistas para captar quién era Jesús y darle testimonio.

El evangelista Mateo se las apaña haciendo utilizando dos veces la frase “Este es mi hijo, el amado”. Primero en el relato del bautismo de Jesús. Y luego en el texto de hoy, el de la Transfiguración. Tal como Mateo intenta explicarlo, el bautismo constituyó un momento fuerte en la progresiva consciencia que Jesús fue adquiriendo de su relación con Dios: “Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado´´”. Mientras que en la Transfiguración son los discípulos quienes descubren el carácter único de “Jesús – Dios con nosotros”. La voz se dirige a ellos: “Una nube luminosa los cubrió con su sombre y una voz desde la nube decía: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo´´”.

“Escuchadlo”. Hoy, la voz que sale de la nube se dirige a nosotros. Lo que Jesús nos dice, con su vida más que con sus palabras, tenemos que ponerlo en el centro de nuestra vida. Pero ¿cómo sabemos lo que Jesús vivió y dijo si a veces hasta los mismos evangelios no están de acuerdo entre ellos? ¿Cómo recibir la “Palabra de Dios” que es Jesús cuando quienes nos la transmiten, proclaman e interpretan son nuestras hermanas y hermanos humanos, tan frágiles, llenos de contradicciones y débiles como nosotros? En el capítulo que precede a la Transfiguración, Jesús tuvo que reprender a Pedro “Quítate de mi vista, Satanás” porque Pedro no estaba de acuerdo con el comportamiento de Jesús. Y en el capítulo siguiente, los discípulos son corregidos porque quieren saber quién es el más grande entre ellos… En cuanto a la Transfiguración misma, Mateo, bastante discreto, nos dice que los discípulos estaban llenos de espanto. Marcos, más directo, escribe a propósito de las tres chozas propuestas por Pedro “Estaban asustados y no sabía lo que decía”. Eso hace dos mil años. ¡Los sacerdotes y los predicadores de hoy no somos mejores que Pedro y sus compañeros!

¿Es posible que sea precisamente esa una de las lecciones de este domingo, que la Palabra de Dios, porque es Palabra encarnada, nos llega siempre en vasos de arcilla? Y que para escucharla y dejarla crecer en nuestro corazón tenemos que aceptar el acento galileo de Jesús, los deseos de grandeza de Pedro y sus compañeros, la fragilidad de nuestros sacerdotes y predicadores y, en especial, nuestras propias debilidades y fallos?

En el relato de Mateo de este domingo, se observa un fuerte contraste entre Jesús que habla con Moisés y Elías, y los discípulos, totalmente sobrepasados por aquello de lo que son testigos. Dos milenios más tarde nosotros estamos tan maravillados y sobrepasados como los primeros discípulos, cuando observamos que Jesús sigue vivo y activo en medio de las debilidades y fallos de nuestra comunidad cristiana.

 

Ramón Echeverría, mafr

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