Isaías, 11, 1-10    —   Romanos 15, 4-9   —   Mateo 3, 1-12

Solemos describirnos como la “familia” de los hijos de Dios o como “un pueblo caminando”. El año litúrgico que acaba de comenzar y la figura de Juan el Bautista en el evangelio de este domingo segundo de Adviento sugieren que nuestro proceder es muy similar al de un equipo de relevos: cada generación recibe un testigo con el que corre para después pasarlo a la siguiente. Toda generación es pues una generación bisagra. Excepto que se dan períodos donde las transiciones son mucho más marcadas y profundas. Los primeros cristianos concluyeron que la figura de Juan el Bautista había personificado uno de esos periodos: transición del Antiguo al Nuevo Testamento; del pueblo judío a todos los pueblos de la tierra; de una fe heredada a una fe personal; de Jerusalén a Roma; de Juan el Bautista a Jesús de Nazaret. Y todo ello en el contexto de una especie de globalización económica y cultural mediterránea, con el griego como lengua vehicular, e incluso materna para muchos judíos, y con un rozarse a diario de religiones tan diferentes como el politeísmo grecorromano, el monoteísmo judío y las religiones mistéricas del Oriente Próximo.

Personalmente, he meditado los textos de este domingo, convencido de que al comenzar tercer milenio se da una transición tan fuerte como la que conocieron los primeros cristianos. Globalización económica y de las comunicaciones que nos llevan al aislamiento; un mundo en el que la diversidad se vive como oposición; getoización de las comunidades culturales, políticas y religiosas… No hace falta explayarse. En cuanto a los católicos se refiere, una frase del evangelio puede aplicarse a ambas transiciones: “Pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras”.

Frase importante para los primeros cristianos, mencionada tanto por Mateo como por Lucas, que debieron tomarla de una misma fuente. De hecho, en sus cartas a los Romanos y a los Gálatas Pablo defiende que en Jesús, nosotros, no judíos, somos realmente hijos de Abraham, hijos de la promesa, y que la descendencia carnal no hace de por sí que un judío sea hijo de Abraham: “Sabed de una vez que hijos de Abrahán son únicamente los hombres de fe”.

Para nosotros es difícil apreciar hoy el carácter revolucionario del argumento paulino para los primeros cristianos, todos judíos de nacimiento, todos hijos de Abraham por la carne. Nos es más fácil constatar el creciente desasosiego de muchos católicos ante la apertura gradual de nuestra iglesia contemporánea a los no católicos, a los no cristianos, a los ateos, o a aquellos cuya vida moral parece sostenerse en principios opuestos a los nuestros. Ya en 1997 el jesuita Jacques Dupuis tuvo que defenderse ante la Congregación para la Doctrina de la Fe cuando sugirió que el pluralismo religioso entra dentro del plan de Dios. Surgieron inquietudes tras la iniciativa de Benedicto XVI de crear el “Atrio de los Gentiles” como lugar de encuentro con los no creyentes, tras haberse dirigido a ellos en 2009 en el Colegio de los Bernardinos de París.  Constatad la oposición a Francisco, cada vez más explícita, desde que en julio de 2013 respondió “¿quién soy yo para juzgar?” en respuesta a una pregunta sobre la homosexualidad. La semana pasada un cardenal amenazó al Papa con un “acto oficial de corrección” si no resolvía las dudas planteadas por su documento “Laetitia Amoris”, considerado demasiado condescendiente con las parejas ‘irregulares’.Preguntadle a Google. Encontraréis entre otros: “La Venganza de Lutero: la rendición del Papa Francisco” (2 de febrero de 2016); “El Papa se declara Dios” (23 de noviembre de 2016)…

Hoy, en el mundo del que formamos parte las transiciones ideológicas acaecen de manera muy rápida. Y, como en la época de San Pablo, tenemos que proclamar la Buena Noticia en circunstancias y en situaciones nunca antes imaginadas. En el evangelio de este domingo Juan el Bautista dirige a quienes critican la apertura cada vez mayor de la iglesia, y también a nosotros que, en el bautismo nos transformamos oficialmente en “hijos de Dios”: Atención, “pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras”.

 

Ramón Echeverría, mafr

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