1 Samuel 3,3b-10.19   —   1 Corintios 6,13b-15a.17-20   —   Juan 1,35-42

Ya estamos en lo que la liturgia llama “domingos ordinarios” del “Año B”, en el que nos acompañará e inspirará el evangelio según San Marcos. Excepto en este segundo domingo en el que cada año leemos un texto del evangelio según San Juan donde se nos invita a seguir a Jesús. Así el año pasado (año A) leímos: “Al ver Juan a Jesús, dijo: “Este es el Cordero de Dios´´”. El año que viene (Año C) leeremos la conclusión del narrativo de las bodas de Caná: “Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él”. Y el texto de hoy nos presenta el ejemplo de dos discípulos de Juan que, tras la declaración de éste, deciden ir en busca de Jesús. Este narrativo, claro y conciso, no necesita explicaciones: “Rabí, ¿dónde vives?” ”Venid y lo veréis” “Y se quedaron con él aquel día”. Pero ¿de qué manera este narrativo nos inspira? ¿Qué sugiere para nuestra vivencia cristiana?

El encuentro de los dos discípulos con Jesús me ha hecho pensar en tres hechos, el tercero relativamente antiguo. El primero: Al finalizar la misa de Epifanía, el párroco animó a los feligreses a que recogieran un librito con los textos del evangelio de cada día del año, y con los de las tres lecturas de cada domingo. En esto el sacerdote parecía seguir el consejo del papa Francisco,–éste sería el segundo hecho–, que nos ha invitado varias veces a que retornemos a lo esencial: Jesús. Nuestra fe se ha enfriado, y sólo ese retorno puede renovarla. Parece como si dos mil años de historia cristiana han traído tal cúmulo de devociones, costumbres pretendidamente cristianas, dogmas y reglas de todo tipo, que al final nos hemos olvidado de lo esencial, nuestra comunión personal con Jesús, para la cual la lectura asidua de los evangelios es un instrumento fundamental.

Lo que el Papa y el párroco no han dicho explícitamente, es que nuestra terrible ignorancia de lo esencial tiene sus raíces en la triste historia del clericalismo de nuestra iglesia. Es mi “tercer hecho”. La Pontificia Comisión Bíblica elaboró en 1993 un documento para ayudar a los católicos leer, interpretar y vivir mejor la Biblia. El mismo año, Jacques Duquesne, un periodista francés, publicó “Jesús.” El libro ponía en práctica los principios y consejos señalados por el documento de la Comisión Bíblica. Muchos católicos franceses se escandalizaron con el libro y enviaron cartas de protesta. Un anciano sacerdote de Lyon explicaba así la situación en el Foro de los Lectores del semanal católico “La Vida” del 15 de diciembre de 1994:

Soy sacerdote. Tengo 83 años. Acabo de leer “Jesús” de Jacques Duquesne, y estoy de acuerdo con sus afirmaciones y cuestionamientos. Aprecio sus reservas, que incluso considero demasiado prudentes. Sólo a partir de 1974 y en pequeños grupos (ACGF, ACO, ACT, mamás catequistas, niños del catecismo) me atreví a hablar de esa fe crítica. Y eso con el apoyo de mi hermano y amigo el padre Jean Vimort, antiguo vicario general de Lyon y director de la Enseñanza religiosa de la diócesis, que acababa de publicar “Ya no creo como antaño”. 

Un recuerdo esclarecedor: Hace exactamente cincuenta años, en noviembre de 1944, en una intervención para mis hermanos sacerdotes del arciprestazgo de Condrieu, yo proponía que la Resurrección no era un hecho histórico (en el sentido de que se podía constatar históricamente), mientras que sí lo era la fe de los discípulos. El arcipreste pensó que debía transmitir mi tesis al obispado. La respuesta del Consejo teológico del arzobispado (Cardenal Gerlier, Monseñor Ancel, Padre Lubac, Don Albert Gelin) fue: ‘” Exacto, pero no conviene enseñarlo a los fieles”. Y desde entonces funcionó, la famosa consigna “No hay que desconcertar a los fieles”. Y no queremos admitir que tres cuartas partes de los bautizados han sido “desconcertados” por nuestra interpretación “materializante” de textos que son muy simbólicos, y que han perdido la fe a causa de formulaciones dogmáticas que se adaptaban a la cultura de las gentes del siglo quinto, pero incomprensibles para la mentalidad moderna. 

Así pues Jacques Duquesne deja intacta la fe. Ataca solo la credulidad de aquellos católicos que, en su mayoría, carecen de cultura religiosa. La ignorancia explica en buena parte tanto desconcierto. Y algunas “certezas”, repetidas por nuestros catecismos, dispensan demasiado a menudo de la búsqueda personal de Dios. Gracias a Jacques Duquesne, libre, laico, religioso y competentes, por haber expuesto con fe, prudencia y razón lo que los clérigos no han tenido todavía el valor de decir. (Padre Clemente, Lyon, Rhône).

El evangelio de San Juan nos invita este domingo a que vayamos y encontremos a Jesús. Es con ese propósito que durante el año litúrgico ‘B’ leeremos el evangelio según San Marcos. Debería ayudarnos no sólo a vivir en comunión con Jesús, sino también desclericalizar nuestra iglesia y a devolver a todos los bautizados su dignidad y su responsabilidad.

Ramón Echeverría, mafr

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