Isaías 49,3.5-6   —   1 Corintios 1,1-3   —   Juan 1,29-34
 
“Yo no le conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel”, dice Juan-Bautista en el evangelio de hoy. ¿Cómo conciliar esto con la narración artística de la infancia en la que San Lucas presenta a Juan como el primo de Jesús?
A decir verdad, siempre he apreciado las diferencias, a veces muy notables, entre los cuatro evangelios, y lamentado la tendencia a estandarizar y unificar las expresiones de nuestra fe. Dios será siempre ese Misterio indecible que canta uno de los himnos del breviario en el Oficio de Lecturas: “O tú, el más allá de todo, ¿no es acaso eso lo único que de ti se puede cantar?”. Y cuando en Jesús de Nazaret Dios se hace ‘Emanuel’, ‘Dios con nosotros’, esa encarnación no hace sino aumentar aún más a nuestra ineptitud. Con Jesús podemos vivir en comunión íntima con Dios, pero no por ello se hace más fácil expresar su Misterio. Es pues normal que cuando se trata de exponer el Misterio de Dios presente en el hombre, el Evangelio de Marcos no lo haga como el de Lucas, y el evangelio de Juan sea muy diferente del de Mateo.
Con respecto a la primera “Epifanía” o “manifestación” de Jesús, la que le hizo salir de Nazaret, llamar a los discípulos y tomar el camino de Jerusalén, se dan en los evangelios dos maneras diferentes de observarla. “¿Cuándo y cómo llegó a ser consciente de su vocación y de su ser “Dios con nosotros”? Esa es la pregunta que interesa especialmente a Marcos. Y su respuesta es: tras su bautismo, al salir del agua, Jesús vio al Espíritu en forma de paloma, y oyó una voz que le decía “Tú eres mi Hijo amado, mi preferido”.
La mirada de Juan es diferente y su evangelio se interesa más por otra pregunta: ¿Cuándo y cómo los primeros discípulos tomaron conciencia de que Jesús era “Dios con nosotros”? Y ofrece la respuesta al principio de su evangelio en el texto de este domingo: Hizo falta que Juan-Bautista testimoniase para que los discípulos se interesaran por Jesús y creyeran en él tras su primer signo en Caná de Galilea.
Dos milenios más tarde, seguimos experimentando las mismas alegrías y las mismas dificultades que los primeros discípulos. Con Jesús de Nazaret vivimos en comunión con Dios. Y es normal que haya diferencias entre nosotros cuando intentamos hablar de ello. Con todo, los puntos de vista de Marcos y Juan siguen siendo válidos y necesarios también hoy.
Vivimos en comunión con Jesús de Nazaret, pero no podemos olvidar que es él, no nosotros, quien recorrió los caminos de Galilea y subió a Jerusalén parta morir en la Cruz. Contemplar a Jesús en el Misterio de su crecimiento humano y espiritual, de la conciencia de su misión y de su ser Dios-con-nosotros… Leer e imaginar en el texto de Marcos el momento en que Jesús escucha el “Tú eres mi hijo amado” que cambiará su vida… será siempre una expresión necesaria de nuestra amistad y nuestro amor por él.
Pero tampoco podemos olvidar el papel de Juan-Bautista en el evangelio de Juan: introducir a Jesús a sus futuros discípulos. San Pablo lo captó bien cuando escribe a los romanos: “Pero ¿cómo van a invocarlo sin creer en él?, y ¿cómo can a creer sin oír hablar de él?, y ¿cómo van a oír sin uno que lo anuncia?”. Jesús, “Dios-con-nosotros”, tuvo necesidad de Juan-Bautista para que sus discípulos le conocieran y creyeran en él. Ese mismo Jesús sigue teniendo necesidad de nosotros hoy.
Ramón Echeverría, mafr

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