Isaías 5, 1-7   —   Filipenses 4, 6-9   —   Mateo 21, 33-43

“Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo”. Con esta frase colocada antes del texto los encargados de organizar la liturgia quieren recordarnos el contexto del Evangelio de este domingo. En realidad la frase es demasiado suave. No transmite suficientemente la dureza de la confrontación verbal que, según Mateo, tuvo lugar entre Jesús y las autoridades religiosas. Unos días antes de su muerte, –a la que la parábola de hoy hace claramente referencia–, Jesús se encuentra en el templo, atacado y cuestionado por los sumos sacerdotes y los ancianos: “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado tal autoridad?”. Y Jesús, que conoce su desazón ante la predicación y la muerte de Juan, les responde: atreveros y contestad primero, “El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?”. Y les propone a continuación la parábola de dos hijos que escuchamos el domingo pasado y la de la viña de hoy. Con una conclusión muy dura: “Se os quitará a vosotros el Reino de los Cielos y se dará a otro pueblo que produzca sus frutos”. Seguramente que cuando escribía este narrativo Mateo conocía el episodio que Lucas narra en los Hechos. Pablo y Bernabé estaban en Antioquía de Pisidia. Como de costumbre, habían contactado con los judíos de la ciudad. Pero ante la oposición de éstos Pablo proclama: “Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la Palabra de Dios; pero ya que la rechazáis y vosotros mismos no os juzgáis dignos de la vida eterna, mirad que nos volvemos a los gentiles. Pues así nos lo ordenó el Señor” (Hechos 13). Con la parábola de la viña, el Evangelio de Mateo ilustra lo que Pablo vivió en primera persona, el paso del Reino de Dios de Jerusalén a las Naciones.

Los textos de Pablo y Mateo son importantes para comprender las dificultades de la primera comunidad cuando intentaba abrirse al mundo pagano. Pero sobre todo son para nosotros Palabra de Dios que nos inspira, nos hace crecer y también nos cuestiona. Esta palabra, la he meditado a la luz del sermón 46 de San Agustín “Sobre los Pastores”, que leíamos en el oficio de lecturas de la semana pasada. Me llamó la atención en particular esta frase: “Ciertamente que si existen buenas ovejas habrá también buenos pastores, pues de entre las buenas ovejas salen los buenos pastores”. Encuentro que Agustín responde implícitamente a una pregunta que a menudo nos hacemos: ¿por qué los pueblos tienen que pagar por los pecados de sus líderes? Esa pregunta nos la pone el evangelio de este domingo, pero también las relaciones con nuestros líderes, incluidos los de la Iglesia.

A propósito de todo esto, comparto con vosotros una triple constatación. La primera es muy personal. Como sacerdote y misionero, ha sido gracias a mis amigos y a mis hermanos cristianos que he podido permanecer fiel a mi vocación personal. Los de Roma, luego los de África y ahora los de España, en donde me siento apoyado, animado y fortalecido en mi fe y mi vocación. ¡San Agustín tenía razón!

En segundo lugar, observo cómo un buen número de sacerdotes y obispos, en Europa y en África, no han podido, o no han querido, descender de su pedestal clerical para compartir su fragilidad con sus hermanas y hermanos cristianos, que habrían podido ayudarles mucho, y hasta “cristianizarlos”. No es sorprendente si nuestras iglesias se vacían o si tantos fieles emigran a las iglesias evangélicas.

Y en tercer lugar, veo también cómo muchos católicos prefieren seguir viviendo en la tranquilidad de una iglesia que ofrece seguridad porque es incapaz de cuestionarse. Tal vez sienten que la libertad que Jesús nos legado es un regalo demasiado exigente. Tengo el recuerdo de mi anciano papá que a sus 80 años seguía en su parroquia cursos de teología. Me puse tan contento que decidí regalarle uno de los libros de Hans Küng, teólogo conocido por sus cuestionamientos. La respuesta de mi padre fue bastante típica: “No lo quiero. Porque seguro que va a cuestionarme y soy demasiado viejo para eso”. ¿Es posible que tuviera razón?

Esa sería pues la pregunta que nos hace el evangelio de este domingo: ¿Estamos dispuestos a ahondar nuestra comunión con Jesús, para que nos haga más libre y más capaces de ayudar a nuestros pastores a salir de nuestros guetos y aceptar la realidad siempre nueva del Pueblo de Dios?

Ramón Echeverría, mafr

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