Eclesiástico 27,30 – 28,7   —   Romanos 14: 7-9   —   Mateo 18: 21-35

 No es necesario insistir –porque sería la enésima vez– en que es Pedro quien suele preguntas hacer las buenas. Observo en primer lugar que las parábolas de Jesús se asemejan a esas caricaturas en las que con un escaso número de trazos, eso sí fuertes y espesos, se consigue que lo esencial sea aún más aparente. Así en la de hoy ¿cómo acabarían las economías, las personales y las nacionales, si los comerciantes tuvieran que perdonar siempre nuestras deudas? Aumentarían las compras a plazos, ¡pero también las empresas en quiebra! Y sin embargo, ¿quién de entre nosotros no ha tropezado en dos, y hasta en tres o cuatro ocasiones en la misma piedra y ha necesitado que cada vez se le perdonara?

Siempre a propósito de las parábolas, tenemos la impresión escuchándolas, que su lección es evidente. Pero a menudo nos resulta difícil aclarar qué es lo que nos piden concretamente en la práctica. Es decir que una vez aceptadas nos invitan a que las interpretemos personalmente y en un determinado momento. Hay que perdonar, por supuesto. Y cada día rezamos “Perdónanos como perdonamos”. Pero ¿en qué consiste el perdonar? ¿En olvidar la ofensa del otro? Sería físicamente imposible puesto que la memoria actúa a menudo por cuenta propia. ¿En no mencionarle la ofensa a quien nos ha hecho daño?  Pero entonces correríamos el riesgo de que nuestra relación se hiciera artificial, o de que explotara la caldera a presión que llevamos dentro. Queremos imitar a Dios, el rey en la parábola de este domingo. Estamos convencidos de que “perdona siempre”. Pero ¿qué significa eso exactamente puesto que Dios es totalmente diferente de nosotros? Quienes han vivido en Túnez saben cómo los cristianos de Cartago comprendieron en la práctica esa creencia. Cuando al final de la persecución de Diocleciano a principios del siglo cuarto aquellos que habían traicionado la fe querían volver a la iglesia, un cierto número de cristianos fieles se opusieron. Otros, que poco a poco fueron mayoría, establecieron reuniones de reconciliación y organizaron para los arrepentidos períodos de prueba. Ese fue el comienzo de nuestro “sacramento de reconciliación”.

Pero no vivimos ni en Cartago ni en el siglo cuarto. ¿Cómo podemos hoy poner en práctica esa parábola del rey que perdona y que pide que perdonemos? Cada uno tiene que dar su propia respuesta. Os comparto la mía en dos puntos.

Sé que es lo que he hecho en otras ocasiones, pero no sé cuál será mi comportamiento la próxima vez que alguien me ofenda. ¿Guardaré silencio confortado por un cierto sentimiento de superioridad? ¿Le llamaré la atención tal como nos lo aconsejaba Mateo en su evangelio el domingo pasado? ¿Lo denunciaré a mis superiores o a la policía para que no pueda comportarse con otras personas del mismo modo con que se comportó conmigo? No lo sé. Pero sí sé que cualquiera que sea mi reacción deberé aceptar que quien me ha ofendido es un hijo de Dios tanto como yo, ¡y que es mi hermano! El término ‘hermano’ es importante en la pregunta que hace Pero “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?” Con Jesús, en Galilea, y en comunión con él tras su muerte y resurrección, Pedro aprenderá poco a poco, y nosotros con él, que todos los seres humanos son mis hermanos.

El segundo punto es… que me gustaría cambiar un pequeño detalle en la oración que Jesús nos enseñó. En lugar de decir “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, me gustaría orar “Ayúdanos a perdonar a los que nos han ofendido, como tú, Padre, nos perdonas cada día”. Porque ¡nunca me ha sido fácil perdonar!

 

Ramón Echeverría, mafr

 

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