Ezequiel 33:7-9   —   Romanos 13:8-10   –   Mateo 18: 15-20

 

“Si tu hermano peca, repréndelo a solas, entre los dos”. A juzgar por la presentación de Jesús, se diría que el mundo en el que Mateo, el evangelista, deseaba vivir era muy diferente del de nuestra Europa postmoderna. Cuántas veces decimos “¡Es su problema!”, indicando así de rebote que no queremos que nadie interfiera en nuestros propios asuntos. Hasta el punto que en nuestros sistemas supuestamente democráticos pretendemos que sean los líderes que hemos escogido quienes tienen que cuidar de aquellos que se han convertido en un problema para los demás. De ahí que aunque el Estado se esfuerce por garantizar el cumplimiento de las normas de convivencia, a nadie se le ocurrirá pedirle que vaya más allá de esas normas y a que promueva la comunión interpersonal entre los ciudadanos.

Y sin embargo ese deseo interpersonal de comunión es visible en todas partes. Explica por ejemplo el que en las manifestaciones populares y en los estadios de fútbol nos guste vestirnos de un mismo color, un poco como en las misas papales todos los obispos llevan el mismo tipo de casulla. Pero nunca esos signos externos podrán producir en nosotros el tipo de comunión, de intimidad, de complicidad, del que estamos sedientos. Por el contrario, el evangelista Mateo sabía bien quien podía — y quería–, ayudarnos a vivir en comunión entre nosotros: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”, dice Jesús en el Evangelio de este Domingo.

Dos pensamientos me han surgido meditando sobre este texto. El primero muy tranquilizador, y el segundo bastante inquietante. Según Mateo, Jesús no pone condiciones a su presencia entre nosotros, excepto el que nos reunamos “en su nombre”. Acabo de asistir a un encuentro de padres blancos. Éramos más de treinta, muy diferentes unos de otros, con nuestras cualidades, defectos, éxitos y debilidades. Y Jesús estaba allí, entre nosotros. Por suerte Jesús no pidió, como lo hace en el capítulo 8 de San Juan, “El que esté sin pecado que le tire la primera piedra”. Tendríamos que haber abandonado todos el encuentro “empezando por los más viejos”. En realidad, son nuestras carencias y debilidades, mencionadas a menudo durante la reunión, las que hacen que necesitemos a Jesús y nos encariñemos con él. Y Jesús estaba allí, graciosamente, sin condiciones, porque nos habíamos reunido “en su nombre”.

¿Teníamos conciencia de ello? Pues no estoy tan seguro. Digamos que a veces nos olvidabamos de que él estaba allí. Hay un texto muy significativo al respecto en el capítulo 9 del Evangelio según San Marcos. Jesús estaba en camino. Acababa de anunciar a los discípulos su próxima muerte. Ellos le seguían casi a regañadientes. “Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, Jesús les preguntó: “¿De qué discutíais en el camino?´´ Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante”. Al parecer se habían olvidado de que Jesús estaba con ellos, y habían comenzado inmediatamente a disputarse la primera plaza en el Reino.

“Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”, nos dice hoy Jesús. Está con nosotros como un amigo, puesto que nos acepta como somos. Pero también por el mero hecho de estar ahí, se convierte en nuestro modelo y en nuestra conciencia. Un modelo y una conciencia que a menudo nos cuestiona y molesta. ¿Es por eso que a menudo olvidamos (o que intentamos olvidar) su presencia entre nosotros?

 

Ramón Echeverría, mafr

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