Hechos de los Apóstoles 1, 1-11   —   Efesios 1, 17-23   —   Mateo 28, 16-20

Sentir en el corazón la comunión con los amigos o los miembros ausentes de la familia, e incluso con nuestros hermanos de difuntos, es una experiencia bastante habitual. En otros tiempos los símbolos materiales que facilitaban esa comunión eran ciertos lugares, recuerdos, pinturas. Hoy las fotos, videos y teléfonos móviles consiguen crear una sensación fuerte de proximidad, incluso con los más alejados físicamente. Pero ni siquiera “Skype en directo” consigue suprimir del todo las distancias y la soledad que acompañan a toda relación interpersonal.

En este domingo de la Ascensión meditamos al mismo tiempo sobre la desaparición física de Jesús resucitado y sobre esa comunión con Jesús en nuestro corazón que nada ni nadie pueden destruir. “Dicho esto, lo vieron levantarse” –escribe San Lucas en los Hechos de los Apóstoles–, “hasta que una nube se lo quito de la vista”. “Y yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, se lee en la conclusión del Evangelio según San Mateo.

Describir el cómo y el porqué de la ausencia y de la presencia de Jesús Resucitado, fue seguramente para los evangelistas una tarea imposible. Y así es como Mateo no describe el hecho físico de la ascensión, y transmite sólo la promesa de Jesús de quedarse con nosotros para siempre. Mientras que Lucas quiso presentarlo como una historia, con bastante poco éxito: primero da la impresión de que todo acaeció “una vez que comían juntos”, y luego resulta todo sucede en el Monte de los Olivos…

Dos pensamientos me han venido este año al meditar los textos bíblicos de este día. En primer lugar que Jesús tenía que desaparecer de nuestra vista para que fuera tan humano como nosotros y nosotros tan humanos como él. La “muerte” es parte, una parte esencial de la “vida”. Y sólo muriendo podemos participar en la Vida con mayúscula. San Pablo habla de esto a menudo. En realidad casi todas las civilizaciones están de acuerdo en que nuestra pequeña existencia forma parte de una “Totalidad” mucho más grande, y que cada cultura denomina a su manera. Estamos en un ‘universo’ del que no conseguimos imaginar su alcance ni en el espacio, ni en el tiempo. Y, como ocurre a menudo, tan sólo el lenguaje poético puede hablar de ello. Así San Pablo a los Romanos: “sin embargo, [la creación] ha mantenido la esperanza de ser, también, liberada de la esclavitud de la degradación, por la libertad de la gloria a los hijos de Dios”.

El segundo pensamiento me viene por una frase de Raimundo Pannikar que cito de memoria: “Sólo quienes viven ya el paraíso en la tierra pueden captar el significado de un paraíso más allá de la muerte”. La frase nos desconcierta. ¿Cómo pueden vivir el paraíso en la tierra tantos hermanos nuestros cuya vida diaria está llena de sufrimientos e injusticias? La esperanza de otra vida ¿acaso no sería ya en la tierra una especie de paraíso artificial, el “opio del pueblo” tal como lo denunciaba Karl Marx?

El peligro de ese “opio” es real. Y de hecho, la promesa de un paraíso más allá de la muerte fue utilizada a veces para mantener sumisos a los esclavos, a los siervos de la edad media, e incluso a algunos agricultores en el siglo XX. Monseñor Romero y los jesuitas de El Salvador lo denunciaron, y lo pagaron con sus vidas. Y sin embargo, permitidme citar una vez más el “Aunque no hubiera cielo yo te amara” de Santa Teresa de Avila y San Juan de la Cruz. En su comunión con Jesús encontraron su paraíso en la tierra, a pesar de la desconfianza y a veces hasta persecución de las autoridades religiosas de su tiempo. Como ellos, los jesuitas del Salvador y Monseñor Romero dieron su vida no porque estaban esperando la recompensa del más allá, sino porque ya vivían aquí en comunión íntima con Jesús resucitado.

Con motivo de la fiesta de la Ascensión, los comentarios litúrgicos nos presentan a veces a un Jesús que Pionero de la Nueva Humanidad, asciende hacia el Padre para preparamos un lugar — en palabras del Evangelio según San Juan–. No se equivocan. Pero en realidad, lo que ante todo celebramos hoy no es nuestra futura ‘ascensión’, sino la de Jesús, de quien somos discípulos, y con quien vivimos en comunión íntima. Al ver el triunfo de “nuestro” Jesús nos sentimos ya en el Paraíso.

Ramón Echeverría, mafr

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