Isaías 22, 19-23   —   Romanos 11, 33-36   —   Mateo 16, 13-30

 

A los cristianos de los países del Sur nuestras liturgias les resultan a veces “demasiado europeas”, un tanto tristes, y a menudo demasiado rápidas. ¿Sería, pues, para evitar que la de este domingo fuera demasiado larga que las autoridades litúrgicas nos invitan a leer sólo la mitad de Mateo 16, 13-27 dejando la otra mitad para el próximo domingo? “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia”, le dice hoy Jesús a Pedro. Pero el domingo próximo, algunos líneas más tarde, –– algunos momentos más tarde en la versión de Marcos––, Jesús le dirá “Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios”. Ambas frases forman parte de un mismo todo. Y tenemos que evitar que la lectura parcial, es decir de una parte del texto que hacemos hoy, no se convierta en lectura parcial, es decir sesgada y tendenciosa, del diálogo entre Jesús y Pedro.

Como hemos señalado repetidamente, el evangelio de Mateo sostiene la posición especial de Pedro en la comunidad. Al hacerlo, refleja lo sucedido en la temprana historia de la comunidad cristiana, cuando Pedro demostró ser el garante de su unidad, aunque él no tenía ningún rol específico en Jerusalén, Antioquía o Roma. Tal es el significado del “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia” en el texto de este domingo. Más adelante sin embargo, a menudo por razones de poder político, el “Tú eres Pedro” será a veces empleado para defender las prerrogativas papales. En particular, como resultado de Vaticano I (1869-70), el concilio interrumpido el 20 de septiembre de 1970 por la entrada de las tropas italianas en Roma, último bastión independiente de los Estados Pontificios, se ha pretendido que el “Tú es Pedro” justificaría un poder papal absoluto que ni Jesús, ni Pedro, ni el evangelista Mateo, tenían en mente.

Entonces este año, al meditar el texto de este domingo, y tal vez porque pienso a menudo en la delicada situación en la que se encuentra el papa Francisco, una frase me ha llamado la atención: “Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo”. Y una evidencia: Nunca nuestras palabras expresarán como quisiéramos lo que nos viene de Dios. Las palabras reflejan ante todo, y lo es también en el caso de Pedro, una vivencia, un impulso, una experiencia profunda que se nos ha concedido más allá de toda lógica, y que sólo el corazón puede expresar y llevar a la práctica.  Las palabras son sólo palabras. El que mejor lo insinúa es el evangelio de Marcos: Pedro es el más cercano a Jesús, el que más se compromete, el más dispuesto a arriesgarlo todo. Y al mismo tiempo es también el más cómico, el que más mete la pata en cuanto abre la boca, aquel cuya fragilidad es más evidente. Es lo que Mateo parece confirmar en el texto del domingo que viene con el “Quítate de mi vista, Satanás.

Su vivencia, su empuje, su experiencia profunda, Francisco, –nuestro Pedro de hoy–, las ha plasmado en “Misericordia et Misera”, la carta apostólica del 21 de noviembre de 2016, cuyo título es ya todo un programa. Y cuando la ha puesto en práctica, acogiendo a refugiados, defendiendo a los países del Tercer Mundo, o con su actitud positiva hacia los divorciados, las críticas de orden jurídico con las que se le ataca, los argumentos lógicos, y hasta los razonamientos teológicos me resultan mezquinos y poco respetuosos del diálogo entre Dios y su pueblo que poco tiene que ver con la lógica de la carne y la sangre. Y ello aun cuando a veces los errores y la fragilidad humana de Francisco sean claramente visibles. Sin olvidar que Francisco es un jesuita, y que como tal hizo la promesa de no aspirar a ninguna “Prelatura fuera de la Compañía” (Constituciones 817), es decir, de mantenerse siempre en actitud de servicio, liberado de todo deseo de dominio, lejos de los pasillos del poder.

En otra ocasión, hablando de la mentalidad corporativa de los textos bíblicos, observamos que todos éramos “Pedro”. Cuando actuaba, cuando hablaba y cuando mostraba su fragilidad. Y del mismo modo somos hoy todos Francisco.

 

Ramón Echeverría, mafr

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