Isaías 56, 1.6-7   —   Romanos 11, 13-15.29-32   —   Mateo 15, 21-28

El contraste no puede ser más fuerte. En el capítulo 10 de Mateo leemos: “A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: no vayáis a tierra de paganos ni entréis en la provincia de Samaria; mejor es que vayáis a las ovejas descarriadas de Israel”. Y hoy, cinco capítulos más tarde, el mismo Jesús elogia la fe de una mujer pagana, una cananea: “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”.

No cabe duda de que todos leemos las Escrituras con nuestras propias gafas, es decir a partir de nuestras convicciones, preocupaciones y prejuicios. En mi caso, habiendo vivido mucho tiempo como misionero en las fronteras de la fe, siempre me ha llamado la atención la capacidad de Jesús para escuchar a los demás y tomar en serio a la gente alejada, la de la periferia, a los extranjeros, a quienes no vivían o pensaban como él. Y no sólo eso, sino que he tenido a menudo la impresión de que Jesús ha podido crecer humana y espiritualmente gracias a esas personas: el Jesús motivado por sus prejuicios judíos, “No vayáis a tierra de paganos”, deviene Jesús, el Cristo universal que alaba delante de sus discípulos judíos la fe de una pagana “Mujer, grande es tu fe”.

Hace dos años que dejé los que se solía llamar “países de misión” y que volví a “mi tierra”. En realidad, también en mi tierra me he encontrado en las “fronteras de la fe”, cristiano minoritario, viviendo en una sociedad dividida en guetos, en la que demasiado a menudo las gentes escuchan sólo a quienes piensan como ellos, leen sólo la prensa con la que se sienten de acuerdo y aceptan demasiado fácilmente “postverdades” que demonizan al adversario. Y la iglesia, es decir, nosotros los cristianos, siempre hija de su tiempo, se está dejando arrinconar también ella en su pequeño gueto particular. ¿Podrá salir de él y hacerse auténticamente universal?

Meditando el evangelio de este domingo, he pensado no sólo en Jesús, modelo siempre de actualidad, sino también en Mateo, el evangelista. Judío, se atreve a afirmar en su genealogía que en las venas de Jesús corría sangre de extranjeros (Tamar, la Cananea que tuvo que dormir con su suegro Judá para darle descendencia a su esposo difunto) y prostitutas (Rajab, ella también extranjera). Y al mostrarnos la apertura de Jesús hacia pecadores y paganos, prueba la validez de la apertura de la primera comunidad cristiana, judíos todos ellos, al mundo pagano.

Al hacerlo, Mateo no traiciona su «judaismo», sino al contrario. Ya en uno de los pasajes más conocidos del Génesis, Yahveh dijo a Abram “Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo” (Ge, 12). Y en el momento del nuevo nacimiento de Israel que fue al exilio, un poeta anónimo, probablemente el más citado por los evangelios, llama Mesías de Dios al rey pagano Ciro (Is 45).

Evidentemente, para que Abraham pudiera llegar a ser una bendición para todas las Naciones, Dios le obligó primero a abandonar “su país, su familia y la casa de su padre”. Y para aceptar que un rey pagano pudiera ser el Mesías de Dios, fue primero necesario que Israel perdiera la tierra, el templo y la realeza, que eran los pilares de su religión. También Mateo escribió su evangelio después de que la persecución obligara a los seguidores de Jesús a abandonar Jerusalén y dispersarse por todos los rincones de la tierra. Sólo un corazón como el de Jesús, es decir repleto de Dios, puede abrirse al mundo. Pero es preciso que de antemano Dios mismo expulse de ese corazón, –el mío, el nuestro, el de la Iglesia–, todo lo que haya podido ocupar el puesto de Dios.  Esta mañana he leído las palabras de un misionero en el Amazonas, en la diócesis de Sao Gabriel de Cachoeira: “Apostemos por una iglesia que evangeliza a través de la presencia. No a estructuras caducas de la Iglesia autorreferencial”. Sin duda tiene razón. Pero atención, porque cuando se trata de desposeernos, ha sido siempre Dios, -no nosotros-, quien ha tenido la iniciativa.  Lo ha hecho mucho más eficazmente. Y siempre nos ha sorprendido. ¿Estaremos ahora dispuestos a dejarnos desposeer para que con Jesús podamos decir a uno de los muchos paganos que nos rodean “Mujer, grande es tu fe”?

 

Ramón Echeverría, mafr

 

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