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6º domingo B
5 marzo, 2018
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2º domingo de Cuaresma B 
5 marzo, 2018
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1er domingo de Cuaresma

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Génesis 9,8-15   —   1 Pedro 3,18-22   —   Marcos 1,12-15 

Puede que por la edad y al acercarse la muerte, todos tendemos a concentrar nuestra atención en lo importante. Este año me ha parecido que la frase “Se ha cumplido el plazo” apuntaba a algo muy esencial. Marcos es el único evangelista que la atribuye a Jesús, pero la certeza de que el universo encuentra su realización en Jesús está en el centro de la vivencia cristiana. Según Pablo en su carta a los Gálatas, la venida de Jesús significa “el cumplimiento del plazo”. Para el autor de la carta a los Hebreos señala “el fin del Eón presente. Una nueva etapa de la historia humana comienza en Jesús. En este contexto, me gustaría compartir con vosotros dos puntos.

El primero acerca de lo que llamamos ‘Dios’. Somos muchos los convencidos de la “existencia de Dios. Pero cuando queremos hablar de ello de un modo racional, se podría argumentar que no sabemos nada acerca de “Dios”. Pensadores de diferentes culturas y religiones han intentado demostrar lógicamente su existencia, pero han conseguido convencer tan sólo a quienes ya lo creían de antemano. Nos es imposible hablar sin utilizar los antropomorfismos. ¿Debería llamarse “Dios”? ¿’ Yahveh’? ¿”Alá”? ¿O debiéramos simplemente callarnos y no decir nada? Ese ha sido desde el principio el dilema de nuestra condición humana. Pero “cuando se cumplió el plazo” y “se inició el nuevo eón”, al tropezar con Jesús Pedro, Santiago, Mateo… supieron que Dios se había encontrado con ellos, y que su vida ¡sí que tenía sentido! Y también yo sé que meditando los evangelios, observando el cielo durante mi oración matinal, dando gracias por la vida, a menudo difícil y a veces inhumana, de nuestros antepasados y de nuestros contemporáneos…  vivo en comunión con Jesús de Nazaret, vivo “en presencia de Dios” y mi vida tiene sentido.

Mi segundo punto se refiere a la historia de la humanidad. Las gentes del Antiguo Testamento estaban convencidas de la presencia de Dios junto a nosotros. Vieron la mano de Dios en la libertad conseguida al huir de Egipto y en la humillación del exilio en Babilonia. Pidieron perdón a Dios en los salmos y ayuda contra los enemigos. También en esto, para poder hablar, tuvieron que incurrir a menudo en rudos antropomorfismos. A veces se daban cuenta de ello, y los autores de Job y Eclesiastés insisten en que de Dios y su justicia nunca sabremos nada… Pero “cuando se cumplió el plazo” y “se inició el nuevo eón”, al observar a Jesús, –“al ver cómo Jesús había muerto”, escribe Marcos al final de su evangelio–, entonces comprendimos que Dios había querido morir con nosotros y que su futuro, siempre glorioso, iba a ser también el de nuestra humanidad, y el de toda la creación.

Nuestro caminar hacia el futuro, Pablo lo compara a los “dolores de parto”, los dolores que preceden a un nuevo nacimiento. Se trata de una manera original de describir la extraña invitación de Jesús en el Evangelio según Marcos, “Convertíos y creed la Buena Noticia”, que nos recuerda este primer domingo de Cuaresma. La globalización ha creado riqueza, favorecido las comunicaciones, estimulado nuestra apertura hacia el universo. Pero también ha reforzado las contradicciones sociales y económicas que hacen inhumana la vida de tantos hermanos nuestros. Y por ello incluso entre los ricos y poderosos hay quienes quisieran construir una humanidad nueva. ¿Se trata de una utopía estéril? La realidad es que “cuando se cumplió el plazo” y “se inició el nuevo eón”, hemos visto cómo Jesús introducía nuevos paradigmas en nuestras vidas. Practicó el perdón y la misericordia. Se atrevió a desobedecer las leyes del estado y de la religión para poder acercarse a los pobres y marginados y hacer que sus vidas fueran más dignas y felices que las de los ricos y poderosos… En Jesús la utopía se convirtió en una meta realizable. Y nosotros, porque él nos invita a seguir su ejemplo, sabemos que tendremos que convertirnos. Y que podemos hacerlo sólo si vivimos en comunión con él. A eso es a lo que nos llama este primer domingo de Cuaresma.
Ramón Echeverría, mafr

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