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1er domingo de Cuaresma A

desierto

Genesis 2,7-9; 3,1-7ª   —   Romanos 5,12.17-19   —   Mateo 4,1-11

 

 

 “Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu”. Antoine Saint-Exupéry narra cómo en la soledad del desierto encontró al Principito, y es para hacer una experiencia del desierto que muchos europeos, entre los cuales bastantes cristianos, desembarcan cada año en Tozeur, Túnez. De hecho, para numerosas civilizaciones, el desierto es un lugar en donde uno puede escaparse de los demás, pero no de uno mismo y menos aún de ese Absoluto que algunos llaman ‘Dios’, y que da sentido a nuestras vidas. En la tradición la travesía del desierto tras haber huido de Egipto, fue para el pueblo una vivencia fundadora. Más tarde, el profeta Elías pasará un tiempo en el desierto, que será para Oseas el lugar del re-encuentro con Dios. También San Pablo muy probablemente permaneció un tiempo en el desierto de Arabia tras su conversión. No es pues de extrañar que, según la tradición cristiana, también Jesús quisiera vivir la experiencia espiritual del desierto.

 

 

Pero según esas mismas civilizaciones, el desierto, refugio de místicos, lo es también de criminales. Y así es cómo Jesús fue puesto a prueba allí precisamente donde él fue a buscar la comunión con Dios. San marcos, cuyo relato es probablemente el más antiguo, dice muy brevemente: “El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás”. Aquí aparece el demonio no sólo porque todo es corruptible, sino especialmente porque “no hay corrupción peor que la corrupción de lo bueno”. Algo que atestigua abundantemente la larga historia de nuestra comunidad cristiana y no sólo la de los últimos cincuenta años. De ahí la importancia de las palabras de Jesús que escuchamos el miércoles de ceniza: “Cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante como hacen los hipócritas… cuando recéis, no seáis como los hipócritas… Y cuando ayunéis, no andéis cabizbajos como los hipócritas”.  

 

 

Al revestir con más detalles el relato de Marcos, Mateo quiso mostrarnos cuál había sido la experiencia espiritual de Jesús, cómo había superado las pruebas, y cómo todo ello nos concernía. Como en el caso de los otros vivientes, tres son las necesidades básicas de los seres humanos: el ‘pan’, es decir, el alimento; la prestancia, para atraer a la pareja y reproducirse; y el ejercicio del poder, para marcar y defender su territorio. Pero con Jesús estamos llamados a ser mucho más que simples animales. Él vino a compartir con nosotros algo infinitamente más valioso que el pan, la prestancia y el poder: nuestra comunión personal e íntima con Dios gracias a la acción de su Palabra en nosotros. En la medida en que vivamos en tal comunión, el amor y la confianza colmarán nuestros corazones haciendo obsoletas nuestras luchas por el poder y por ser los primeros de la manada. “Imposible para los hombres, posible para Dios” dirá Jesús en los tres sinópticos, refiriéndose explícitamente al deseo de acumular riquezas del que nos invita a liberarnos.

 

¿Cómo nos concierne todo esto? La cuaresma que comenzamos nos invita a no tenerle miedo al desierto, a no huir de la soledad, y a aprovecharla para encontrarnos con nosotros mismos y con Dios. En esta cultura, la de los móviles, Facebook y redes sociales, Jesús, Palabra de Dios, nos invita a hacernos libres y a derrotar a la tiranía de la presión social que quiere que seamos “ricos”, “guapos” y “fuertes”.

 

 

Un último punto. Esta es la introducción al evangelio de hoy que he encontrado en un misal publicado en español en 1973: “La Iglesia no va a ser menos que Jesús. Ella será también tentada de “milagrismo” (creerse dispensada del esfuerzo común de los mortales), de triunfalismo (presentarse como un espectáculo a aplaudir) y de ambición política (integrarse en el poder o convertirse ella misma en poder).” Nos gustaría decir que veinticuatro años más tarde, y minoritaria en Europa, la Iglesia no puede, aunque lo deseara, ser triunfalista ni tener peso político. Pero en realidad cada uno de nosotros es la iglesia, y las tentaciones del poder, del aparentar y del poseer siguen siempre vivas.

 

Ramón Echeverría, mafr

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