Isaías 63,16b-17.19b; 64,2b-7   —   1 Corintios 1,3-9   —   Marcos 13, 24-37

El evangelio de este día, tomado del capítulo 13 de Marcos, es la conclusión de un discurso “apocalíptico” de Jesús. Judío de su época, sin duda que a Jesús le gustaba y a veces utilizó ese lenguaje entonces muy de moda, medio secreto, como en código, con abundantes imágenes y muy alegórico, que los hombres de la religión utilizaban para entre ellos darse valor frente a la persecución y reavivar su esperanza en la Reino de Dios que iba a traer paz y justicia y que renovaría todo. La Biblia ha conservado algunos de esos textos: el libro de Daniel en el Antiguo Testamento; el Apocalipsis de Juan y algunos discursos de Jesús en el Nuevo Testamento.

Por desgracia todo es corruptible. Y la esperanza en el Reino que los textos apocalípticos generaban y apoyaban fue a menudo distorsionada y corrompida, lo que contribuyó mucho a su desaparición. Así San Pablo criticó a aquellos Tesalonicenses que no hacía otra cosa excepto esperar en la ociosidad la venida del Reino, “ocupados haciendo nada”. Su esperanza se había convertido en ese opio que hace que abandonemos nuestras responsabilidades. Por su parte, varias parábolas critican a aquellos que se olvidan de las exigencias que impone el Reino a quienes esperan su venida: las jóvenes que se duermen esperando al novio en Mateo 25, y el siervo cuya conducta abusiva hacia los otros siervos es incompatible con los ideales del Reino que está por venir, en Mateo 24.

Dos puntos aparecen en la conclusión del discurso apocalíptico de Jesús que leemos este domingo. El primero: no nos toca a nosotros decidir el momento y la forma de la llegada del Reino de Dios. Segundo: tenemos que velar, mantener siempre la alegría, la serenidad y el entusiasmo de aquel primer día en el que se nos fue dada la esperanza y nosotros creímos en el futuro del Reino.

El primer punto siempre me ha parecido evidente. De lo contrario no habría podido permanecer 22 años en Túnez en donde bauticé solamente a dos musulmanes. Sólo Dios puede llamarnos y darnos la fe en Jesús de Nazaret. La iniciativa sobre la llegada y la forma del Reino, sólo pertenece a Dios. Lo nuestro es adaptarnos al ritmo y a las decisiones de Dios, tan sorprendentes siempre.

El segundo punto se aplica especialmente a esta Europa, a la que he vuelto hace dos años: Cuántos cristianos cansados, en los que parece que se haya apagado la esperanza del Reino. ¡Ya no seguimos velando! ¿Acaso porque teníamos tan claras las ideas sobre la forma y el contenido del Reino, que nos hemos vuelto ciegos a las sorpresas de Dios, a la presencia de su reino entre nosotros, a los signos de ese Reino que siempre nos precede en el corazón los otros seres humanos, también hermanas y hermanos nuestros, incluso si no son cristianos, y aunque se digan agnósticos o ateos?

Un versículo en uno de los himnos del breviario francés exclama: “¿Quién es entonces Dios, si para encontrarlo nos hace falta un corazón de pobre?” Hace ya siglos que nos habíamos acostumbrado a proclamar, con cierto complejo de superioridad, que éramos “Cristianos”, y nos hemos olvidado de que ante Dios, ante su ofrecimiento de comunión, todos somos pobres. Poco importa que seamos judíos o paganos, como escribe San Pablo a los romanos, creyentes o incrédulos, todos somos igual de pobres delante de Dios.

El período de Adviento que comienza este domingo, nos invita a velar en esperanza, porque no sabemos “cuando es el momento”. Ahora que somos minoritarios en nuestros viejos países de Cristiandad, el Adviento nos invita también a aceptar nuestra pobreza para que Jesús, siempre presente en nuestro mundo, devuelva a nuestros corazones el entusiasmo y la capacidad de asombro ante las maravillas de Dios. Y que en nuestro velar, nuestra esperanza se muestre activa y nuestra alegría contagiosa.

Ramón Echeverría, mafr

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