1 Reyes, 19,9a.11-13a   —   Romanos 9, 1-5   —   Mateo 14, 22-33

 

 “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Han transcurrido casi cuatro años y medio desde la elección de Francisco y el texto de hoy me ha dado mucho que pensar. Pedro aparece a menudo en los Evangelios. Pero es sobre todo en Mateo donde ocupa un lugar especial. Cuando los primeros cristianos comenzaron a organizarse, Pedro no tenía aparentemente ningún papel institucional. Según la costumbre semita, un hermano de Jesús, Santiago, fue jefe de la comunidad de Jerusalén. La comunidad de Roma estuvo dirigida al inicio por un grupo de ancianos. Y los cristianos de Antioquía escogieron a líderes carismáticos, los “obispos”. Pero cuando las tensiones causadas por la entrada de judíos en la comunidad y la llegada de la Buena noticias a Europa llevó a la iglesia al borde del precipicio, fue Pedro quien preservó la unidad. Gracias a él la comunidad pudo asimilar la libertad y la universalidad que Pablo defendía. La primacía espiritual de Pedro permitió que no hubiera ni vencedores ni vencidos. Cuando escribía su evangelio, Mateo es consciente de todo ello y presenta a Pedro como el primero y el principal discípulo de Jesús.

Para interpretar bien el evangelio de Mateo, conviene recordar que era judío y que escribió para una comunidad cristiana mayoritariamente judía que apreciaba las historias, imágenes y  alegorías. Si al leer el texto de este domingo he pensado en el papa Francisco, ha sido por la descripción que en él se hace del comportamiento de Pedro. Pedro es el que se atreve, el primero que se adelanta cuando a los demás les paraliza el miedo o la duda. Pero es también el que se hunde en el agua hasta que haya aceptado que sin Jesús él no puede hacer nada. También Francisco se ha atrevido. Ha querido hacer lo que le parecía que Jesús le había pedido por boca de los cardenales que le eligieron. Pero tras cuatro años y medio de mandato, cuando se observa lo poco que se ha avanzado en terrenos tan visibles como la pedofilia, la Curia Romana y las finanzas, uno puede preguntarse si no está comenzando a hundirse en el agua.

Si hacemos caso a lo que leemos en el Nuevo Testamento, el relato de hoy refleja bastante bien lo que Pedro fue en la vida real, hasta el punto de que puede afirmarse que nunca habría sido Pedro el impulsor eficaz de la unidad de la primera comunidad si su generosidad impulsiva no le hubiera conducido previamente a la traición y al fracaso para llegar al perdón y al amor de Jesús. Por eso, puesto que en el Cuerpo que es la iglesia sólo Jesús es la cabeza y todos somos hermanos, me atrevo a pensar que si hace cuatro años Jesús habló a Francisco por la voz de los cardenales, le habla hoy a través de nuestra voz, la voz del pueblo de Dios, invitándolo a caminar sobre el agua, tendiéndole la mano y diciéndole “¡ven y no dudes!

Como buen judío, Mateo da mucha importancia a eso que los expertos llaman «personalidad corporativa». Es decir que cuando aparece en la Biblia un personaje, a menudo está también representando a un grupo, una tribu, o al pueblo de Dios. Lo que hace, o lo que se le ordena, todo el pueblo lo está haciendo con él, o a todo el pueblo se le está ordenando. Y en el evangelio de Mateo Pedro representa no sólo a los otros apóstoles, sino también a toda la comunidad cristiana, y a cada uno de nosotros. Estoy convencido de que también Francisco nos representa, y que podemos identificarnos con Pedro y con Francisco, en particular cuando observo los últimos 50 años de nuestra historia católica.  Con el Concilio Vaticano II nos hicimos osados y atrevidos. Brillaba el horizonte. El Reino de Dios estaba ya en nosotros y en nuestro entorno. Y caminábamos sobre el agua. Hoy nos estamos hundiendo. Las iglesias están vacías, los jóvenes se alejan. Y no serán nuestro equipaje humano, nuestros proyectos, nuestros planes de pastoral… los que nos permitan caminar sobre las aguas. Sólo Jesús puede ayudarnos. Y lo que tenemos que hacer es gritar “¡Señor, sálvame!”

 

Ramón Echeverría, mafr

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