1 Reyes 3,5.7-12   —   Romanos 8,28-30   —   Mateo 13,44-52

 

Los expertos que han organizado las lecturas de la Misa nos han tratado a veces como si fuéramos analfabetos. El evangelio de este domingo no es largo, pero sus cuatro parábolas reflejan tres contextos diferentes, sugiriendo tres tipos de lección. Entonces, esos expertos, creyendo que nos ayudan, nos han dado una vez más la posibilidad de leer una versión “corta” del evangelio, con sólo las dos primeras parábolas, cuyo significado parece obvio: el tesoro, la piedra fina… ¡Vale realmente la pena de que nos comprometamos con todas nuestras fuerzas por el Reino de Dios!

Sin embargo la red llena de peces admite varios significados. Como ocurría el domingo pasado con la parábola de la cizaña, sólo al final se podrá separar lo bueno de lo malo, los buenos de los malos. Mientras tanto tenemos la impresión de que con esta parábola Mateo nos está animando a evitar que nos encontremos entre los peces malos.

También la conclusión, Mateo nos la presenta en forma de parábola, comparando al letrado con un padre de familia. Seguro que a Mateo le gustaba mucho esa explicación, dado que él mismo se refiere a menudo en su evangelio a pasajes y personajes del Antiguo Testamento. Ya que hemos meditado durante dos semanas sobre las parábolas, prefiero presentaros esta vez mis pensamientos acerca de esa conclusión: “Ya veis, un letrado que entiende del Reino de los Cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo”.

 

El domingo pasado meditábamos sobre el hecho de que Dios nos ama tal como somos, con nuestras contradicciones y nuestras sombras. Lo que somos es el resultado de una historia, a su vez complicada y a menudo polémica, que Dios, el gran Letrado del Reino, nos invita a reconocer asumiéndola. Y sin embargo lo que observo es nuestra tendencia a rehacer nuestra historia, a elegir lo que en ella nos agrada y olvidar lo que nos molesta. Lo hacemos a propósito de nuestra historia personal y familiar; Cuando escribimos sobre los orígenes de nuestra propia ‘tribu’ o ‘nación’; Cuando convertimos en dogmas inamovibles muchas costumbres que han aparecido tardíamente en la historia de nuestra iglesia; y cuando escondemos debajo de la alfombra nuestras debilidades y traiciones, empezando por las de nuestros papas y obispos, los de antes y los de ahora.

El mismo Mateo fue un buen letrado, un buen “padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo”. Es así como desde el comienzo de su evangelio Mateo nos presenta la “Genealogía de Jesús Cristo, hijo de David, hijo de Abraham”. Jesús es hijo de Abraham, Isaac y Jacob, pero también es hijo de Tamar, una cananea a la que la terquedad de su suegro Judá condujo hasta la prostitución. Jesús es un descendiente de Salomón, el rey sabio. Pero Mateo nos recuerda que Salomón era hijo de David y de Betsabé, la esposa que el rey había robado a uno de sus soldados más fieles, el hitita Urías, al que ordenó que asesinaran… No asumimos suficientemente el que por las venas de Jesús corría la sangre de hombres y mujeres justos, pero también la de prostitutas y ladrones. ¿Es porque de hacerlo cambiaría el significado bastante rígido que damos a los términos “justos”, “ladrones” o “prostitutas”? ¿Y cuando nos dice Jesús que las prostitutas nos precederán en el Reino?

En lo concerniente a mi historia personal a veces me pregunto si, cuando llegó el momento de comprometerme como padre blanco, yo lo hubiera hecho de haber sabido entonces lo que me esperaba. Pero también reafirmo que si me fuera dada hoy la posibilidad de rehacer otra vez exactamente el mismo recorrido, lo haría sin dudarlo. Mi historia, toda mi historia, lo antiguo y lo reciente, lo bueno y lo malo, mis triunfos y mis fracasos… eso son las raíces de lo que soy hoy y de que me sienta verdaderamente ‘feliz en el Señor’ y muy privilegiado. Estoy seguro de que eso es también lo que sienten los amigos que leen estas líneas. Y lo que deseo para todos es que podamos apreciar lo antiguo y lo nuevo, y asumir toda nuestra historia personal, familiar, tribal, nacional, eclesial… tal como según Mateo, “Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham” asumió la suya y se hizo uno de nosotros.

 

Ramón Echeverría, mafr

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