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Zacharie 9, 9-10   —   Romains 8, 9.11-13   —   Matthieu 11, 25-30
 
“Porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla [pequeños]”. Dado que tengo una cierta edad, que soy sacerdote desde hace más de 50 años, y que he estudiado durante diez años en universidades, las palabras de Jesús no pueden dejarme indiferente. Según los teólogos la gracia no borra la naturaleza, y el que Dios ame a los “pequeños” no hace que sean más sabios que los demás. Entonces al observar la gran confusión ‘democrática’ de nuestro país, me suelo preguntar: ¿por qué el voto de un “pequeño”, por ejemplo el de un analfabeto de 18 años, tiene que valer tanto como el mío? Y dado que Jesús nos dice “Porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla [pequeños]”, ¿es posible que esa pregunta que me hago no sea cristiana?
Tal vez parte de la respuesta se encuentra en la experiencia de los cristianos de Corinto a quienes Pablo escribió. “Fijaos en vuestra asamblea, no hay en ella muchos sabios en lo humano ni muchos poderosos… Pero lo necio del mundo, Dios lo ha escogido para humillar a los sabios… ». Su comunidad se componía sobre todo de ‘pobres’. Pero en comunión con Jesús de Nazaret se sintieron amados por Dios, descubrieron su propia dignidad, creyeron en sí mismos, y se convirtieron en una comunidad dinámica y floreciente, a veces hasta demasiado, si hemos de creer a Pablo. Entonces las palabras de Jesús y la experiencia de la comunidad de Corinto plantean dos preguntas. La primera: ¿Cómo cambiarían las actitudes, pensamientos, relaciones sociales e incluso su voto “democrático” si el joven analfabeto recibiera, como ocurrió con los corintios, “buenas noticias”, y sintiera que Dios y los hombres lo amaban, que se le escuchaba, y que se respetaba su dignidad? Y la segunda: Fue Pablo quien anunció las “buenas noticias” a los corintios. ¿Soy yo a mi vez portador de buenas noticias para aquellos que, aparentemente y según criterios humanos, son más “pequeños” que yo?
Para comprender y asumir la frase de Jesús, conviene también analizar el vocabulario. Cuando habla de los “pobres”, el evangelio según san Lucas se refiere en primer lugar a los materialmente pobres. Mateo, añadiendo matices, –“pobres en espíritu”–, amplía el significado de la palabra. Y no le falta razón. ¡Cuántos pobres que lo son materialmente, son más felices que los ricos y poderosos!  ¿Quién es entonces “pobre”? El mismo Jesús, bajo el término pobre, suele incluir a pecadores, a los despreciados por la “gente de bien”, a quienes se encuentran en la periferia de la sociedad… Y entonces, ¿dónde me sitúo? ¿Dónde nos situamos en relación al centro y a la periferia? “Porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla [pequeños]”.  ¿Seré yo acaso uno de esos sabios? ¿O tal vez tengo miedo de aceptarme como realmente soy, “un pobrecito”?
Al comienzo del libro-parábola de Job, en la conversación entre Dios y Satanás, antes de que éste consiga permiso para intervenir, Dios dice de Job: “En la tierra no hay otro como él: es un hombre justo y honrado, religioso y apartado del mal”. Sin embargo, tras 41 capítulos densos y bellos, Job termina declarándose insignificante ante Dios: “Yo hablé de grandezas que no entendía, de maravillas que superan mi comprensión”… “Por eso me retracto y arrepiento”
 
Dos conclusiones se imponen tras la lectura de Job. La primera es que ante el Misterio que nos atrevemos a llamar ‘Dios’, somos todos infinitamente analfabetos, infinitamente ignorantes. ¡Sería ridículo discutir sobre cuál de nosotros es menos ignorante que su vecino! La segunda conclusión, especialmente si se trata de una lectura cristiana de Job, es que incluso el mejor de entre nosotros, ese de quien Dios podría decir ” es un hombre justo y honrado”, no sería por eso más digno que los demás de ser “hijo de Dios”. Nadie lo merece, y Dios nos recibe con un amor totalmente gratuito. Somos realmente “pobres” delante de él. Y si lo aceptamos, entonces podremos escuchar con alegría: “Porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla [pequeños]”.
Ramón Echeverría, mafr

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