Ezequiel 17,22-24   —   2 Corintios 5,6-10   —   Marcos 4,26-34

 

« El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra”

Siempre he admirado esas culturas orales que logran transmitir, con un lenguaje concreto, conceptos e ideas muy profundas.

Las parábolas de Jesús, en particular las que los evangelistas han transmitido exentas de toda explicación, son un ejemplo bien conocido.

Curiosamente, a diferencia de los de Lucas y Mateo, el evangelio de Marcos, que nos acompaña durante este año litúrgico, no abunda en parábolas.

Tan sólo contiene seis. Y es que, más que los discursos de Jesús, Marcos prefiere el impacto que su personalidad y acciones causan en el corazón de aquellos con los que se encuentra. De ahí que, ya que es el único que la transmite, esta primera parábola de la simiente que un hombre deposita en la tierra, tuvo que ser muy importancia para el evangelista Marcos. Expresa una de los principales motivos de nuestro optimismo cristiano.

 

“Él duerme de noche, y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo”

Este texto me da paz, ahora que, a mis setenta y seis años, constato que lo exigua e invisible que ha sido mi contribución al “Reino de Dios”. “Sin que él lo sepa cómo”… Ni tampoco yo. Pero sé que ese misterio insondable – del que no sabemos qué decir excepto que nos hace vivir–, que llamamos “Dios” para poder ocultar así nuestra ignorancia, sigue haciendo crecer su reino, incluso en nuestros días.

Él empuja nuestra humanidad hacia un mundo mejor, a pesar de que nuestra visión a corto plazo podría hacernos creer que hemos conseguido impedírselo. Y la paz suscitada por la lectura de esta parábola se convierte en una esperanza alegre, que nada ni nadie pueden destruir.

Ya que no soy su autor, no me queda sino admirar, aceptar y colaborar con ese Reino que aparece y actúa allí donde yo no habría nunca imaginado, y de modos y maneras que siempre nos sorprenden y cuestionan. Y es a eso a lo que me invita la segunda parábola, la del grano de mostaza.

“Es como un grano de mostaza”

También Mateo y Lucas transmiten esta parábola. Pero Marcos fue el primero que destacó la importancia de dos de sus características. Cuando escribió su evangelio, la comunidad cristiana acababa de desembarcar, por así decirlo, en el corazón del imperio romano.

Era todavía insignificante, casi invisible, hasta el punto que para las autoridades romanas eran también “judíos” los pocos paganos que se habían convertido a Cristo.

“Al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña”

 

Pero Marcos sabe que Jesús transforma nuestra fragilidad en fuerza. “Si el grano no cae en tierra…”, dice Jesús en el Evangelio según San Juan. De ahí la convicción de Marcos al narrar esta parábola, de que la comunidad cristiana “brota, y se hace más alta que las demás hortalizas”.

Es la primera característica en la que insiste la parábola. Y tenemos que admirar en Marcos su fe en Jesús, que le permite creer en el futuro cuando no hay de momento ninguna razón para hacerlo.

La segunda característica, que Lucas, el historiador de la primera comunidad, asume plenamente, es que “echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas”. Eso que ahora llamamos “la universalidad de la iglesia”, Marcos la vivió cunado acompañó a Pablo, -hasta que se separaron-, alrededor del Mediterráneo.

Según San Lucas en los Hechos de los Apóstoles, esa universalidad es Jesús quien la impuso a la comunidad, a pesar de la desconfianza de buena parte de los primeros cristianos. Y, de hecho, Pablo tuvo que luchar contra el etnocentrismo de aquellos que querían aceptar a los Gentiles… “con tal de que practicaran la Ley como nosotros”.

La parábola no discrimina. Son bienvenidos todos los pájaros.

Sabiendo entonces que es Dios quien hace que se extiendan ramas, tendríamos que observar la llegada de las aves, aves de todo tipo, con un corazón alegre. Pero ello exige que nuestros horizontes sean lo más amplios posible, lo cual no es siempre el caso.

Así que, una vez más, una parábola de Jesús nos invita a cambiar nuestros criterios y nuestros principios, para que puedan ser como los del mismo Jesús.

Ramón Echeverría, mafr

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