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interculturalidad

Génesis 3,9-15   —   2 Corintios 4,13 – 5,1   —   Marcos 3,20-35

¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? ». Este es uno de los textos de los evangelios más difíciles de aceptar. Todos tenemos una familia, y en este texto ¡Jesús parece repudiar la suya propia!

Es evidente que el evangelio según San Marcos no matiza a veces lo suficiente. Critica a menudo a escribas y fariseos, pero sabemos que en realidad algunos fariseos siguieron a Jesús y un fariseo, Gamaliel, defendió a los discípulos ante el Sanedrín. De manera semejante Marcos insiste sobre la incomprensión y la estupidez de los apóstoles, y escribe explícitamente cómo en el momento de la detención de Jesús, “todos [los discípulos] lo abandonaron y huyeron”. Pero en realidad Pedro y Juan le siguieron, aunque de manera anónima, cuando le llevaron ante los sumos sacerdotes, y más tarde Juan, con María, permaneció cerca de la Cruz. En cuanto a su familia, que Jesús parece repudiar hoy, su madre nunca lo abandonó, y su hermano Santiago fue el primer líder de la comunidad cristiana de Jerusalén.

Lo que es cierto es que en el texto de este domingo Jesús nos dice “El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana, y mi madre”. Nos invita así a vivir en una “familia de fe” cuyos vínculos debieran ser mucho más fuertes que los de nuestras familias biológicas. Y nos encontramos así una vez más ante un consejo de Jesús que apenas hemos seguido. Por ejemplo, una moda reciente es la de llamar “Iglesia-familia” a la comunidad cristiana. Nos ha llegado desde África, más como un ideal que como una realidad vivida. ¿Cuántas veces, en efecto, sacerdotes y laicos de ese continente no han aceptado a un obispo porque pertenecía a otra etnia, mostrando así que los lazos tribales eran mucho más fuertes y reales que los creados por nuestra comunión de fe en Jesús? Y aquí mismo en España, mi país natal, ¿por qué los sentimientos nacionalistas, –poco importa que sean catalanes, vascos o españoles—, han sido casi siempre, incluso entre muchos sacerdotes y religiosos, mucho más fuertes que los sentimientos de comunión entre los cristianos? ¿Por qué yo mismo, misionero en África del Este, me he sentido a veces más cómodo con los europeos que trabajaban allí que con los cristianos de mi propia comunidad? Y ¿son siempre auténticas “familias” nuestras “familias religiosos”?

Conocemos la frase de Pascal “El hombre no es ni ángel ni bestia, y por desgracia quien quiere hacer de ángel hace de bestia”. Sería inútil e incluso contraproducente querer renunciar a nuestros lazos familiares, de tribu o de nacionalidad. El mismo Jesús se dejó a veces llevar por ellos. Así cuando envió a sus discípulos a la misión en Mateo 10: “No vayáis a tierras de paganos ni entréis en las ciudades de Samaria, pero id a las ovejas descarriadas de Israel”.

Pero Jesús mantuvo su corazón abierto, y el encontrarse con extranjeros, con el centurión romano, la mujer samaritana, la mujer fenicia… le ayudó a convertirse en el Hombre universal, cuya sangre fue “derramada por todos” y que, después de haber atravesado la muerte, enviará de nuevo a la misión a sus discípulos, pero esta vez “a todas las naciones”. Esa misma apertura, Jesús ha querido transmitirla a sus discípulos, compartiendo con ellos su Espíritu. En el libro de Hechos, Lucas nos muestra lo difícil que fue para los discípulos el asumirla. Hasta tal punto que la comunidad cristiana estuvo a punto de desaparecer debido a las tensiones entre aquellos que defendían una comunidad abierta a las Naciones y quienes pretendían que las naciones se hicieran judías…

Crear familias de fe es tan difícil y exigente para nosotros como lo fue para los primeros discípulos y para el mismo Jesús. Nos toca pues aceptar el Espíritu de Jesús, para que nos ayude a ser nosotros mismos personas abiertas, y a que hagamos de nuestras familias, tribus y naciones auténticas comunidades cristianas, es decir, abiertas y sin fronteras.

Ramón Echeverría, mafr

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